voy a compartir con ustedes tres textos que envíe a un concurso literario (al cual invite a participar a Exeter) y pues no quedaron, así que los comparto con ustedes, mis amigos virtuales. son tres entregas
Primer entrega:
EL ÚLTIMO MOMENTO.
In Memoriam de Manzano
Ojos llenos de lagrimas, palabras tristes, manos sudorosas y recuerdos de todos lo tipos; tristes, alegres y hasta enigmáticos. La escena más triste de todas y en el lugar más triste de todos, un cementerio, pues ¿Quién puede tener buenos recuerdos de un lugar de esos? Respondo sin pensarlo dos veces: nadie. Pero hace falta algo para que está escena sea la más triste de todas, a lo mejor una melodía de violín, que sea triste, que retumbe por nuestros corazones y que motive a que lloremos hasta que termine la tarde, a pesar que el cielo no este nublado, a que el sol esté en todo su esplendor, que estemos a un día de celebrar el Día de la Independencia y que todo el pueblo se encuentre iniciando una fiesta. Nada de eso nos importa en esté momento, pues inconcientemente sabemos que una parte de nosotros también hará parte de esa tumba.
En el aire se pude sentir la tristeza, tristeza causada por la rabia, el dolor y la impotencia, quisiéramos que el ataúd se abriera y él se despertara de ese sueño para poder resolver todas las dudas que se alojan a la par en nuestras cabezas y corazones, pero sabemos que eso no pasará y recurrimos a nuestras imaginaciones en busca de respuestas y a la vez creamos preguntas como ¿Si yo hubiera sabido que tenía problemas? ¿Si me hubiera buscado? ¿Por qué no buscó otra alternativa? Pero ya es tarde, ya no sé puede hacer nada, porque le hemos dado solución a tantas cosas, pero con lo que tiene que ver con el tiempo, somos inmunes y así tratemos de retrazar el reloj o de no contar los días en el calendario, no podemos volver al pasado, el ha muerto y ya nos dimos cuenta de ello viendo su cuerpo por una ventana del ataúd, pero aun no nos hemos hecho la idea de su ausencia, ausencia que no fue avisada y mucho menos imaginada. Estamos encerrados por el dolor, las dudas, los recuerdos y la impotencia.
Ya los sepultureros van a meter el ataúd en un hoyo que será tapado y empezará a ser una tumba, pero el hueco es pequeño y no permite que el cajón baje hasta el fondo, como si él no quiera irse de este mundo, como si quisiera darnos alguna respuesta, alguna pista retrazando esa última despedida y eso nos causa más dolor, ya que somos muchos los que queremos que esa tortura termine y así podamos irnos de ese triste lugar y mientras eso pasa, los sepultureros tratan de agrandar el hueco de la tumba con una pica y un azadón y a medida que sus herramientas van golpeando la tierra, todos lloramos desesperadamente, unos se abrazan, otros levantan su mirada al cielo y hay quienes le damos la espalda a la tumba, porque no queremos cargar con ese recuerdo el resto de nuestras vidas de ver al familiar, al amigo, al compañero, al confidente, irse a un lugar en donde tarde o temprano todos vamos a llegar.
El mismo padre que rezó la misa de despedida es quien en esté instante le está rezando las últimas oraciones y ese dale señor el descanso eterno y nuestra contestación en coro de brille para ella la luz perpetua, se nos atornilla en todos los rincones de nuestras almas, nos tortura y hace que nuestras cabezas aterricen en la realidad y nos hace pensar que solo en imágenes vagas pudimos imaginar ese momento y nos duele el hecho de no habernos imaginado su muerte y nuestras vidas sin su presencia, y es así como culpamos al destino y a las circunstancias y creemos que los buenos mueren primero, ya sea por la voluntad de Dios o por la voluntad de ellos mismos, en todo caso una vez más somos concientes de que la vida tienen innumerables trabas y que a lo mejor todo puede ser una conspiración de la vida que nos ha puesto una prueba y que debemos revisar cada uno de nuestros actos, nuestros defectos y virtudes, para que nos demos cuenta de que a lo mejor quien se va nos dejo un lección de vida, no solamente por su decisión, sino por lo poco que vivió y lo mucho que nos enseñó.
Miramos esa nueva tumba y calculamos que faltan pocas paladas de tierra para que todo termine, sentimos miedo y no queremos que su historia termine con una ultima palada de tierra, así que los cobardes, los que nos marcamos de por vida por los recuerdos, damos media vuelta y nos marchamos tratando de que nadie lo notara y salimos de ese lugar con un dolor profundo, que derrotó todo tipo de fuerza en nuestro interior y que no permitió que estuviéramos hasta el último momento.
Gabriel Rodríguez Silva




