Una protuberancia
Instinto natural Entre pantanos y pantallas
Jun 02

Tantas veces la había buscado sin éxito, que el dia que logró palparse el alma, estuvo a punto de confundirla con la cicatriz de una vieja herida. Temió incluso que fuera algún bulto sin nobles intenciones. Se alarmó y, naturalmente, acudió al médico para salir de dudas. El doctor no tardó en dar su veredicto. No había de qué preocuparse. Aquella protuberancia no era maligna y en su interior, a la espera de análisis más precisos, sólo había algo más de carne de lo que debería ser normal.. Por un momento se imaginó a si misma como un muñequito de plastelina al que añaden un pegote más, sencillamente porque sobra. Pero no. Aquello no estaba de más. El médico podía diagnosticar lo que quisiera, incluso lo que su experienicia profesional le dictara tras centenares de reconocimientos a pacientes con abultaciones similares, pero aquello que se alojaba entre el esternon y su pecho izquierdo era otra cosa. Ahora que lo había tocado lo sabía a ciencia cierta. Siempre había estado allí, sin ella imaginarlo. Una especie de radar emocional al que acudían los sentimientos cuando andaban extraviados. Un potente imán que recogía los más variados estados de ánimo. Ahí se escondió su pena durante largo tiempo cuando perdió al amor de su vida, y por allí se paseaba el gozo cada vez que veía a su niña reírse arrugando la nariz. Estaba claro que aquello no era una simple fístula inofensiva y poco estética. Así que cuando el doctor le propuso extirparlo lo tuvo claro y le rebatió enérgicamente:

- Guárdese el bisturí para mejor ocasión. Conozco a un puñado de seres de plastelina a los que no les importará que les corte el material sobrante, pero no es mi caso.

Y abandonó feliz la consulta. Volvió a palparse el alma. Seguía allí.

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