algo en abstracto
niña pez Agujeros
Jul 16

Aquella vez entré a un restaurante y salvo una de las mesas, todas las otras estaban vacías. (no del todo. había moscas) Y cosa poco usual en mi personalidad hosca, le pedí permiso al único comensal de esa hora y sin levantar los ojos de su plato se encogió de hombros en manera aprobatoria y continuó masticando un pedazo de hueso. ¿cree que falta un ventilador? Le pregunté, así, como para romper el hielo. O una vela. A las moscas les disgusta más el humo de una vela que el aleteo de un ventilador - respondió y seguía enajenado con su lata de costilla. Como el condenado mesero tardaba con la carta, me pareció ventajoso escrutar más a fondo al sujeto que ya me estaba pareciendo simpático, al menos su manera de comer. Era que verdaderamente se alimentaba con gusto. Eso me dijo un poco después, que para él, alimentarse era un rito. Bueno, y cuando uno se encuentra pasado del hambre, qué es lo mejor ¿un plato de costillas de cerdo? Ni riesgo. Cuando las reservas se han agotado, lo mejor es una aguapanela, un cirope o algo dulce. Con eso se reinician los receptores digestivos y según lo que tarde el mesero, ya puede consumir las costillas sin someterse a una indigestión. Lo dijo amablemente y esta vez sí levantó sus ojos y pareció reconocerme. Oiga hombre, usted tiene que ser el mismo mecánico que una vez me reparó el Chevrolet del año cincuenta. Claro. Y también le arreglé una porquería de campero marca Carpaty, ¿qué hizo finalmente con eso? Lo vendí por lo primero que me ofrecieron pero tuve problema judicial. ¿Como fue eso? Yo le miraba al rostro. ¿lo del ojo? No, no. Lo del Carpaty. ¡Ah! Pero como el ojo y los dos carros están relacionados, puedo contarle primero lo del ojo. Ni riesgo doctor Ramirez, eso es muy respetable por lo personal. Lo es. Pero si me deja contarle, eso me deshaogará un poco. No llegaba mesero ni lo tenían. La cocinera estaba más interesada en saber cómo había perdido su ojo el médico que en un posible cliente y ahí estaba recostada al aparador de platos con sus manos cruzadas a manera de sostén para sus enormes tetas que sobre la tabla semejaban dos melones morenos pasados de cosecha o que sobre el mostrador nunca encontraron comprador. “Vea señor Honorio, bajaba de la finca y de cuando en cuando al Chevrolet se le bajaba el freno pero pateándolo volvía y agarraba hasta que finalmente el pedal quedó inútil y no hubo otra opción que recostarlo al barranco y no quedó vía ni para los que subían ni para los que bajaban. En el trancón, uno de los choferes pudo ver la fuga de líquido y sin pensarlo mucho le puso el gato a la rueda, despegó el tubo y con la cabeza de un clavo suspendió el paso de líquido a la campana y de sus fierros trajo un tarro con agua y de nuevo llenó la bomba de freno, advirtiéndome que debía hacerle limpieza y reponer el fluído legítimo por tardar mañana. Bajé al pueblo e hice otras vueltas y se me olvidó la lidia con el tuvo clausurado y por lo tanto el óxido atascó la cabeza de puntilla cuando intenté extraerla. Un curioso propuso que lo mejor era encender una vela y aplicar su llama a la punta obstruída del tuvo y cuando estuviera caliente, pisara duro el pedal. Resultó efectiva la fórmula y cuando la punta estuvo casi al rojo, el mismo curioso pisó duro el pedal del freno y la cabeza de la puntilla saltó y atinó precisamente en mi ojo.” ¿Vaya! qué precisión. ¿Y todavía recomienda las velas? Me miró con su único ojo y pude ver la picardía reflejada en su noble rostro. Rió con el mismo entusiasmo que comía las costillas de cerdo y de inmediato comenzó a narrar la historia judicial del campero Carpaty. “Ese carro lo compré en la agencia y lo matriculé para servicio público. Y quien no lo compraba. Vea señor Honorio, la garantía era que ese modelo no requería de asistencia en partes de reposición, pues, cualquier pieza que se fuera desgastando no era sino reponerla con una de Ford, toditico, menos las latas y esa era la gracia del Carpaty. A usted le tocó reparar su motor y comprobó la falacia: anillos de pistones en hierro crudo, válvulas con asiento de aluminio y piñonería destemplada. Me daba pena estarlo molestando y por eso trastié todos los talleres hasta que lo arrimé. En eso se me presentó ese buen muchacho Rodrigo que es hasta de mi familia y me ofreció una bicoca por el carro. Le cogí la caña, pero me pidió un documento de compraventa y hablando de garantías, en una de sus claúsulas quedó estipulado que el vendedor quedaba en el deber de salir a responder por la calidad de la legítima propiedad, libertad de impuestos, multas, embargos y que por lo demás, el vehículo se le entregaba al comprador en perfecto mal estado.  No tardó una semana para hacerse presente en mi consultorio un abogado a reclamar perjucios.  Al carro que usted le vendió a Rodrigo Ramirez le vale más su reparación que lo pagado por su compra y usted le garantizó que se lo entregaba en perfecto estado.  ¿trae la copia del documento de compraventa? Si señor, respondió el jurista.  Por favor, lealo concienzudamente.  Lo hizo en voz alta y con gran seguridad en su tono, lo vi parpadear y puso el documento sobre mi escritorio mientras le pasaba un trapo al cristal de sus gafas y de nuevo volvió a leer pero en voz baja.  Me miró pícaramente, resaltó con un lápiz negro las tres palabras: perfecto mal estado.  Vi que se movía su estómago con el espasmo de la risa más burlona que puedas imaginar y salió sin despedirse.  Al cruzar la calle soltó las carcajadas.”  ¡oye!  Supe que te ganaste el Baloto.  ¿Vas a seguir en la mecánica?  Naturalmente, doctor.  Lo que se hereda no es robado y a ese oficio le debo cosas tan divertidas como la suya.  Voy a adquirir herramientas modernas para diseñar un motor que funcione sin culatas y mientras le voy topando soluciones a las dificultades con el motor, me meto en las dificultades de escribir.  Ya lo hago en Narratopedia y en estos días narré algo sicalíptico con el título El Último Pasajero.  Lo hice con el convencimiento de que nadie lo leería, solamente por desahogarme de un timo que me hicieron unos marineros en Buenaventura, pero para mi vergüenza, fue revisado por el propio equipo de Narratopedia.   ¿te sensuraron?   No doctor, no he logrado descifrar el mensaje.  Pude entender algo abstracto sobre una segunda parte, como un final o una digna presentación de excusas a los lectores.   ¿lo vas a hacer?  Sigo indeciso, doctor.  Mi maestro fue Poncio Pilatos y él lo dijo claramente: lo escrito, escrito está.  Pues vea que tienes suerte de la buena.  La mía cayó por cuatros.  ¿cómo doctor?  La masa que quedó del ojo se volvió cancerosa.  Me quedan tres meses de vida.

Con todo respeto y cariño a la memoria de Jorge Tobón Rivera y del doctor Libardo Ramairez Madrid

4 Responses to “algo en abstracto”

  1. algo en abstracto Video Says:

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  2. Hilda Maria Says:

    Un autor de bella pluma. Fragmento salpicado de buen humor, capaz de maximizar las situaciones triviales de la vida. Lo felicito por saber capturar su percepción sobre el sentir de las personas.

  3. omar henrry vega Says:

    quien necesita de alagos para escrobir? quien esta tan seco y olvidado que refujia su sed de atencion en la escritura? nadie entiende para que sirven las deatribas, la gente se perfecciona en evitarlas y cuando lo logran, creen haber hecho un acto de verdadera suspicasia y osadia…..la gente solo sabe que los vasos sirven para beber, pero nadie sabe para que sirve la sed……saben que la escritura los aleja de su intima y implicita soledad exasperante, pero muchos ignoran que, esa misma escritura los aleja irremediablemente de su torpeza….la gente escribe por que lo que sabe y aprende por lo que ignora,….. y se cree selebridad por lo que nunca ha sido……sededientos de triunfos, mientras la sed de otros es una sed tan natural, como la sed por el agua……

  4. laberinto Says:

    Un excelente ritmo de narración, mucha habilidad para conseguir verosimilitud en las voces de los personajes y bastante ingenio para conducir la narración en desarrollos inesperados; además, la construcción del relato en el nivel del habla, revela una marcada tendencia hacia lo popular que usted logra con naturalidad.

    Hay quién dice que corregir los textos escritos es similar a intentar corregir los pasos que ya se han dado, y que los más grandes poetas raras veces corregían una palabra escrita; por oposición a esto legaron una obra tan prolífica, que es posible inferir con cuanto ahínco se ejercitaron en la tarea de dar con la palabra precisa en el justo instante. Sería deseable encontrar muchos aportes suyos en el futuro.

    Equipo de Narratopedia.

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