GENESIS
Primero estaba el Verbo. El Verbo únicamente. Fuera del Verbo, no había nada, absolutamente nada.
La nada no era más que era la oscuridad de las tinieblas y en medio de ellas, como una gigantesca larva, estaba el Verbo, era un espíritu que no hacía nada, porque no había nada que hacer. El tiempo no pasaba, porque no había espacio, como no había nada. Hasta que una vez el letargo celestial fue sacudido por un formidable impulso creador. Así se dio inicio al proceso que comenzó todos los procesos. Este primer proceso no fue fácil, ni sucedió al azar, fue un proceso que requirió un esfuerzo consciente, metódico, medido, calculado, conjugado, porque como el Creador partía de la nada absoluta, había muchísimo — todo — por hacer. Enfrentaba infinitas posibilidades — tantas que si no se tratara de una mente superior, se hubiera intimidado y no hubiera pasado nada. La nada hubiera seguido siendo eso: nada. Pero el Creador estudió diligentemente cada una de las mil y una probabilidades, combinaciones, variantes, consecuencias, causas, efectos.
Lo primero que hizo fue crear el caos. Caos total, caos absoluto que ya en sí era algo. Con planetas y cometas, sistemas y satélites, nebulosas y galaxias, astros y asteroides, aerolitos y meteoritos, que iban, venían, volvían, chocaban, sin rumbo ni norte, sin rima ni razón.
Entonces, el Arquitecto Supremo, después de analizar, evaluar, elaborar un concepto, se dedicó a medir un poquito aquí, ajustar otro poquito allá, apretar tres grados más allá, afinando, refinando, encajando, cuadrando, limando, puliendo, limpiando, hasta producir lo opuesto completamente al caos: el orden. Orden significaba reglas, normas, pautas. leyes. Así, planetas y cometas, sistemas y satélites, nebulosas y galaxias, astros y asteroides, aerolitos y meteoritos, seguirían yendo y viniendo, volviendo a ir y a venir, pero sin chocar, cada cual respetando su órbita, su espacio y los de los otros, observando las leyes y pautas que el Creador había establecido.
El Creador quiso luego asegurarse de que su creación funcionaba bien. La puso en marcha, se sentó sobre una nube y esperó. No se puede decir exactamente durante cuánto tiempo esperó, porque los humanos no lo podríamos entender: ya que el concepto de tiempo con el que medimos está regido por nuestros cuerpos, nuestro metabolismo, enmarcado por el tiempo y el espacio de nuestro planeta, y limitado por la duración de nuestras vidas. Nada de lo cual afectaba al Creador, quien, desde su nube, se aseguró de que se respetaran las leyes que regían el movimiento de los cuerpos celestes, que dentro del orden había regularidad, dentro de la regularidad había sincronía y dentro de la sincronía, ritmo.
El Creador estaba satisfecho: dentro del desorden aparente, había orden total; de la nada, lo había creado todo; del caos, había creado el orden. Aunque en aquellos días no había tiempo, ni tampoco habían relojes, el Creador vio que todo funcionaba con la precisión de un relojito. Buscó una palabra adecuada para su obra y le dio el nombre de universo.
Sentía un gran orgullo, enorme satisfacción y dijo, “Esto está perfecto”. Sólo que nadie lo escuchó, nadie expresó acuerdo ni desacuerdo, así como nadie manifestó apreciación por la obra, ni se sintió inspirado por ella, ni sintió que ésta le impartía un sacudión en el alma. No sucedió nada por el estilo por la simple raón que no podía suceder porque no había nadie que viera, apreciara, admirara, criticara, o de cualquier otra forma reaccionara ante el trabajo. Pero en aquel instante eso no preocupaba al Creador: era otro su móvil: estaba creando, trabajando, invirtiendo en su obra lo mejor que El tenía en aquellos precisos instantes. Porque el fue el Primer Artista y, como tal, en las primeras fases de su creación sólo lo motivaba la necesidad de producir. Crear. No lo motivaba ningún otro deseo fuera de aquél.
Al igual que todos los artistas que desde entonces han seguido sus pasos este Primer Artista, creaba por una necesidad muy particular y propia, motivado desde sus adentros, impulsado por una fuerza tan grande como El, poderosa energía que una vez lo había poseído no le permitía pensar en nada más que en lo que estaba trabajando, acompañándolo, persiguiéndolo, poseyéndolo, obsesionándolo, volviéndolo indiferente a cualquier otra cosa que no fuera su trabajo. Esta fuerza motriz, esta necesidad era un reflejo, todavía más, un instinto, y aún más, porque a diferencia de un reflejo o de un instinto, en vez de ser automática, requería que volcara todos sus sentidos, toda su inteligencia, todo el conocimiento que había adquirido, todo su ser. El Creador, se había entregado de pleno a hacer realidad esta necesidad, a darle existencia a lo que era únicamente un concepto, una idea, sin importarle en lo absoluto si su obra fuera a tener trascendencia, a recibir aceptación, a ser elogiada; no sólo porque no había nadie que la aceptara, la elogiara, sino porque en esos precisos instantes, lo más importante era que su trabajo, su obra viera la luz del día.
El Creador solo quería crear, trabajar, producir; estaba completamente enamorado con su proyecto, en hacerlo derivaba su satisfacción, toda su satisfacción; se regodeaba en el solo hecho de trabajarlo, calibrarlo, pulirlo, mejorarlo, afinarlo, refinarlo, experimentar con él. A medida que lo iba moldeando, que iba dando forma al universo, volcando en él su enorme fuerza, el Creador iba cambiando, aprendiendo cosas nuevas, cosas que sólo se pueden aprender mediante el proceso de la creación, cuando se escarba en lo más íntimo y profundo del ser para crear.
Poseído del febril deseo creador, el Creador seguía trabajando furiosamente, sin saber en dónde iba a desembocar su proyecto; sólo sabía que la cosas se estaba poniendo mejor. Mirando en la inmensidad del universo, le llamó la atención un planeta. Por estar a cierta distancia de un astro, porque rotaba sobre sí mismo y al hacerlo avanzaba siguiendo de las órbitas que El había surcado, porque al alejarse del astro el planeta se enfriaba y al acercarse a él, se calentaba. El Creador se interesó en el planeta, y lo llamó Tierra.
Descendió a la Tierra, se cambió su túnica por ropa de trabajo, y con vigor varonil, trabajó sin descanso para dividir las aguas, erigir las montañas, sembrar las selvas, encauzar los ríos, excavar los mares. Luego, con un toque de coquetería femenina formó bellos parajes y hermosos paisajes, coronando con nieves perpetuas las más altas montañas; coloreando con exóticas flores las extensas llanuras, en las que colocó mamíferos y fructíferos, vegetales y minerales; decorándolo todo con la luna y las estrellas, crepúsculos y amaneceres, arcos iris y auroras boreales.
Así trabajó el Creador hasta que llegó a la conclusión de que la obra que había creado en ese momento comprendía todo su ser. Sintió que no le podía añadir nada más, no la podía mejorar más, ni ajustarla, arreglarla, afinarla; cualquier cosa que le hiciera comenzaría a restarle, a desmejorarla. Consideró su obra terminada.
Satisfecho, observó, la admiró y no pudo evitar el llegar a la conclusión de que era una obra maestra. Se sintió obligado a pronunciar las palabras “Esto ha quedado perfecto”. Pero al decirlas, el Arquitecto Supremo cayó en cuenta que no existían criterios para medir, definir la perfección, porque hasta hacía poco no había habido nada, ni perfecto ni imperfecto. De la nada había creado el universo, pero sin incluir un medio, un ambiente en que pudieran florecer los criterios.
Enfrentó entonces el Creador un dilema. Algo perfecto, por definición requiere que cumpla los requisitos de perfección. Para ello debe haberse establecido en qué consiste la perfección y la obra se debe poder juzgar, medir, discutir, evaluar dentro de este campo. De no cumplir con ello, la perfección habrá sido artificialmente impuesta, arbitrariamente dictaminada. Además, por tratarse de una obra de arte, sin ningún otro objetivo que el inspirar al alma, requería que alguien la mirara, la observara, la sintiera, porque de eso consiste la segunda etapa del trabajo creativo: el de someterlo al juicio público. Esto, pensó el Creador, le da matices de imperfección a mi trabajo y sufrió el primer caso de ansiedad celestial.
Porque nadie admiraba la maravillosa sincronía del universo en su totalidad. Ni tampoco lo que había logrado el Creador con el Planeta Tierra. Cualquiera que hubiera visto la Tierra en aquellos primeros días de la creación hubiera quedado totalmente conmovido por su singular y majestuosa belleza: era la naturaleza en su estado virgen. Sin embargo, todas estas cosas estaban, pero no eran. Los pigmentos de los plumajes todavía no eran colores, las emanaciones de las plantas no eran perfumes, las vibraciones que emitían pájaros y mamíferos no eran sonidos, igual que los frutos no eran suculentos, ni los minerales hermosos. Porque no habían ojos que apreciaran los colores de los plumajes, ni narices que disfrutaran los perfumes que producían las plantas, ni oídos que se deleitaran con el trinar de las aves o se asustaran con el rugido de las fieras, ni papilas gustativas que convirtieran en exquisiteces los sabores de las extravagantes y exóticas frutas que la tierra producía. Nadie que respirara el aire puro, ni nadie que calmara su sed con el agua cristalina que de los manantiales brotaba. No había nadie que fuera el sujeto de todos estos objetos. Nadie, absolutamente nadie.
Si desde los primeros momentos de la creación el Creador se había dado cuenta de que hacía falta otro ser, en aquel instante se convirtió en una necesidad categórica. Le hacía falta un semejante, otro ser que hablara su mismo idioma, que tuviera gustos, planes, inquietudes similares. Alguien que al admirar los colores, aspirar los aromas, escuchar los sonidos, degustar los sabores, apreciarlos les diera existencia, los hiciera ser, además de estar. Se trataba de un ser que pudiera confirmarle al Creador que se había logrado la perfección, que se había creado una obra maestra.
Así, por pura necesidad, el Creador creó al primer ser humano. Lo creó asu imagen y semejanza: Genérico. Igual que el Creador, no era de ninguna raza, sino de todas; de ninguna religión, sino de todas; de ningún sexo, sino de todos. El Creador le dio la capacidad intelectual para que comprendiera la grandiosidad del universo, apreciara la complejidad de sus movimientos, disfrutara la belleza de la obra creada. El Creador también, lo dotó con la capacidad de crear, de penetrar en lo más profundo de su ser, de explorar el alma y, utilizando lo que su medio le daba, de producir obras que igual que la vida misma no tuvieran ningún otro propósito que el de nutrir el espíritu. Este primer ser humano era la imagen y semejanza del Creador. Pero únicamente la imagen y semejanza, ya que los separaban enormes diferencias: el uno era todopoderoso, el otro no; el uno era serio y ceremonioso, el otro llevaba dentro de sí la capacidad de reírse, reírse de toda la creación, y al reírse, lo cuestionaba todo. En otras palabras, el uno mantenía la esencia divina, el otro la esencia humana, que siempre ha estado por definirse, pero que, como todo lo que es parte de la creación, tenía que regirse por las pautas establecidas: idas y vueltas, ciclos y órbitas, reglas, normas, leyes. Además, el Creador era el comienzo y el fin, Alfa y Omega. El otro tenía comienzo y fin.
Y como este primer ser humano tenía los mismos orígenes que el resto del universo, como no era sino el inverso total de la nada, el Creador le puso un nombre que fuera el revés de la NADA: ADAN. Que significa: de la NADA vienes y a la NADA volverás.
EL PRIMER DIA DEL HOMBRE
Una vez fue creado Adán, el Creador se sentó sobre una nube y esperó. Le intrigaba la reacción del primer ser humano, ¿qué iría a hacer?, ¿qué iría a decir?, ¿cómo iría a actuar?
Jehovah no tuvo que esperar mucho. Al cabo de un instante, Adán abrió los ojos y, sin siquiera mirar a sus alrededores, soltó un grito. Un grito prolongado, que no era más que la protesta de la calma absoluta de la nada al ser sacudida por la brusca, brutal y completamente inesperada llegada de la existencia.
Una vez que hubo vaciado sus pulmones, Adán comenzó a explorar sus alrededores. Primero miró, luego escuchó, después tocó, olió, y probó. Tras una pequeña pausa, volvió a repetir la operación. Lo hizo una tercera vez, a lo que le siguió un ataque de risa. Risa que surgía desde lo más profundo de su ser, que iba creciendo en intensidad, resonando por todo el Jardín del Edén; era una carcajada, una risotada incontrolable, que lo llevaba a revolcarse en el suelo, y parecía no tener fin. Pero lo tuvo. Acto seguido, Adán comenzó a llorar, a llorar desconsoladamente, de aquellos ojos vírgenes que escasamente habían visto sus alrededores, brotaban enormes lagrimones, que bañaban su cuerpo, hasta alcanzar el suelo el cual iban zurcando, yéndose a alimentar las aguas de los ríos que corrían en el Jardín del Edén. Igual que su risa, las lágrimas de Adán parecían no tener fin; pero finalmente también pararon. Entonces, Adán volvió a mirar, escuchar, tocar, oler, probar, a reírse y a llorar. Tal fue la reacción del primer hombre, nuestro antepasado Adán, al confrontar la existencia: rió de lo absurdo de la vida y de su belleza; luego lloró por esta misma belleza y por lo absurda que era. Su risa sacudió la tranquilidad del Jardín del Edén; sus lágrimas regaron la tierra y ensancharon los ríos.
El Creador comprendía la curiosidad de Adán, pero no comprendía ni la risa ni el llanto. La curiosidad es señal de inteligencia. Pero lágrimas y risas, ¿de dónde salieron? pensó, ¿a causa de qué?, ¿qué podrían significar? El Creador nunca se había puesto a pensar en las emociones que podía tener un ser humano; en ellas veía algo irreverente que no quería intentar comprender.
Así, Adán reía y lloraba, veía y olía, mientras que Jehová lo seguía mirando, observando pacientemente. Le he dado inteligencia, pensaba, y al cabo de un rato se dará cuenta que el universo, el sistema solar, el planeta, el Jardín del Edén, la vida son cosas maravillosas — la perfección. Esperaré, pensaba, esperaré a que admire los colores, aspire los perfumes, escuche los sonidos, pruebe los sabores respire el aire puro; entonces sentirá respeto por la obra, por haber sido concebida, por haberse ejecutado, por la perfección que he logrado, y al hacerlo comprenderá, por sus propios medios, lo que es ser Dios.
Jehová realmente necesitaba a Adán. Lo necesitaba para que confirmara la perfección de la obra creada. Después de todo, si su único objetivo al crear el universo había sido dar rienda suelta a su impulso creativo, al crear el primer ser humano perseguía un fin muy específico: colocar en medio de su trabajo a alguien que al estudiarlo, admirarlo, confirmara subjetivamente que, en efecto, se trataba de la perfección.
Por su parte, al cabo de un rato Adán dejó de explorar, cesó la risa, paró el llanto; el primer hombre entró en un proceso de reflexión, meditación, ensimismmiento. Una fuerza interna le instaba a ponerse a trabajar, a hacer cosas, a transformar el medio en que se encontraba; le decía: trabajemos la tierra, sembremos las semillas, aprovechemos el momento del año, ahora que el clima está bueno. Pero la otra voz le decía: trabajar la tierra es una pérdida de tiempo; obtengamos leche de los animales, frutas de los árboles, peces de los ríos, andemos, viajemos, exploremos, disfrutemos, conozcamos lo que hay más allá de este Jardín del Edén. Adán no se decidía cuál de las dos vías tomar.
Sopesaba los méritos de cada alternativa, y ello le impedía tomar decisiones. Pero era algo que no le preocupaba en lo más mínimo; por el contrario: Adán parecía divertirse consigo mismo, dándole vueltas y vueltas a cada asunto, estudiándolo todo desde múltiples puntos de vista.
El Creador se estaba cansando de esperar: el Sexto Día de la Creación estaba terminando y El y Adán todavía no se habían conocido. El sol de la tarde bañaba con sus últimos rayos el jardín del Edén, sublime claroscuro en el que las bestias cantaban sus loanzas vespertinas a un día que no habría de ser más, pues la noche comenzaba a desplegar sus enormes alerones. En aquel momento, el Creador se decidió a bajar, a hablarle a Adán sobre la creación, sobre el tiempo y el espacio, sobre los ciclos y las leyes, sobre la vida — por así decirlo informarle sobre sus derechos y obligaciones.
Inicialmente el Creador temió asustar a Adán; después de todo, este último acababa de ver la luz del día, era el único ser humano en un mundo sin tribus ni clanes, sin amigos ni enemigos. El Creador descendió de su nube, se puso enfrente de Adán y se presentó. Adán, que con un grito de desesperación había recibido la existencia, que al haber probado sus sentidos había reído y había llorado, recibió a su Creador con calma total, completa familiaridad, absoluta naturalidad. La calma conque se enfrenta a alguien amigo, la familiaridad como si se conocieran desde siempre, la naturalidad conque se reconoce a alguien de la misma tribu, del mismo clan, aunque sean personas que nunca antes se habían encontrado.
Sin presentarse formalmente, el Creador sólo dijo: “Soy Dios y tú eres Adán. Eres mi obra como lo es todo lo que hay bajo este cielo, que yo también creé.” Adán sólo miró, sonrío y por un instante Dios pensó que le iba a volver el ataque de risa. Pero a Adán le interesaba todo lo que Dios tenía que decir sobre el universo, aquello de las leyes y los ciclos, las reglas y las normas.
El Creador habló por un largo rato y Adán escuchó. Las tinieblas habían vencido completamente al día, y Adán seguía escuchando. La luna y las estrellas habían desplazado al astro mayor, y Adán seguía escuchando. Las bestias nocturnas tocaban una sinfonía de mil sonidos, y Adán seguía escuchando. Lo seguía escuchando mientras hablaba sobre las órbitas de los astros, la mecánica celestial, la dinámica de los ciclos, y las leyes. Hasta que explicó que todo tenía comienzo y fin. Y fue en ese momento, que Adán comenzó a desconectar. Las palabras seguían llegándole a sus oídos, pero carentes de significado, como si fueran en otro idioma, como si las estuviera pronunciando a través de un filtro, como si tuvieran que pasar por entre un velo. Aquello de los ciclos comenzó a intrigarle, le llamó la atención que algo tan drástico como el que tuviera comienzo y fin fuera inevitable y obligatorio, especialmente cuando ni él ni el resto de la creación habían tenido ni voz ni voto en el asunto. El Creador seguía su exposición sobre la gran maravilla que era la creación, sólo que Adán ya no escuchaba; Dios hacía alarde de su genialidad, pero Adán no escuchaba; mencionaba el monumental logro que de crear la realidad a partir de la nada; pero Adán no escuchaba. Como tampoco lo escuchó vanagloriarse por haber creado al ser humano, la existencia, cuya presencia transformaba los pigmentos en colores, las emanaciones en perfumes, las vibraciones en sonidos, los sonidos en música. Adán no escuchaba porque su mente estaba ponderando aquello del comienzo y del fin.
A Adán le preocupaba el hecho de que, igual que todo lo del universo, él iba a tener fin. No tenía miedo; no podía tenerlo porque hasta hacía muy poco él no había existido, y por consiguiente no sentía ningún tipo de apego por la vida, pero su mente, su razonamiento, su inteligencia le obligaban a preguntarse, ¿por qué? ¿por qué la vida, si viene acompañada de la muerte? ¿porque comenzar algo que va a tener fin? ¿por qué apreciar las flores si mañana van a marchitar? ¿por qué ser si volveré a la nada?
Y al escuchar esta pregunta tan básica y a la vez tan profunda, Jehovah se dio cuenta de que no había respuesta. El Creador estaba desarmado ante Adán.
Adán no le atribuía importancia alguna a si la obra era perfecta o no; a él no le producía ningún tipo de asombro ni le causaba admiración que el universo funcionara, ni la manera como funcionaba. A el sólo le preocupaba que todo — incluyéndolo a él — fuera a tener fin. Y volvía a preguntarse, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?
Entonces por segunda vez en su existencia, muy entrada la noche del Sexto día de la Creación, Adán lloró. Lloró por haber nacido y porque iba a morir. Lloró porque las decisiones habían sido tomadas sin consultar a él. Lloró con angustia, lloró con ira, lloró con frustración, con enorme frustración. Cuando hubo vaciado de su ser toda su ira, toda su angustia y toda frustración, cuando Adán se dio cuenta que por más que llorara él no podría hacer nada al respecto, que las cosas no se podía cambiar porque habían sido hechas así, volvío a reír. Le causaba risa que todo fuera tan absurdo y tan arbitrario, que no pudiera hacer nada para cambiar las cosas. Y al ver a Adán llorar desconsoladamente y reír descaradamente, el Creador se sintió ofendido.
El Creador no comprendía las lágrimas ni la risa de Adán, igual que no comprendía la amplia gama de emociones intermedias, emociones que, después de todo, marcan la diferencia entre Dios y el hombre. Además, el Creador se sentía agredido por la inteligencia de Adán, por su capacidad de ver cualquier asunto desde ópticas diferentes, inteligencia que se derivaba del hecho que el alma del primer ser humano reunía a dos personas, dos mentes, dos opiniones, dos perspectivas, una que cuestionaba, analizaba, evaluaba, examinaba toda la información; otra que hacía el papel de abogado del diablo, a todo le daba la vuelta, para de ahí alcanzar conclusiones, tomar decisiones.
En aquellos momentos, al Creador ya poco le importaba si a Adán le iba o no admirar la obra, si iba o no a coincidir en que era perfecta. Más le preocupaba que parte de su obra, de la creación, en vez de desvivirse por ella, reaccionara con emociones — lágrimas y llantos — al milagro de la vida. Y que además hiciera preguntas impertinentes. En la noche de el primer día del hombre comenzó a romperse el cordón umbilical que le unía a su Creador.
Luego, por un breve instante, el Creador abrigó el temor de que su creación hubiera sido un gran error: había creado un ser semejante a él, que le presentaba un formidable reto intelectual — a nadie le gusta que le anden cuestionando. Mucho menos que respondan con una carcajada al ver que no hay respuestas.
El Creador decidió quitarle a Adán esa alevosía cínica, extirparle su capacidad intelectual, borrar así toda semejanza que pudiera tener con El. Puede decirse que lo que hizo fue un ajuste, una mejora: era su obra, después de todo, y tenía derecho. También fue un castigo.
El Creador utilizó la técnica de divide y reinarás, táctica que desde entonces la humanidad ha sabido manipular con completa perfección. Divide y reinarás. Y una vez que reines, afianza tu reino dividiendo, subdividiendo, volviendo a dividir y subdividir. Cuando finalmente Adán se entregó al sueño esa primera noche del hombre, Dios lo dividió en dos seres diferentes: al extraer a Eva de la costilla de Adán, dividió su inteligencia, dividió su capacidad de analizar todo desde varios puntos de vista, dividió la seguridad con que abordaba cada uno y todos los asuntos, dividió la tranquilidad que tenía al estar siempre acompañado de sí mismo. Al crear dos seres, creó la necesidad de que hubiera un tercero quien a su vez necesitaría un cuarto y un quinto, y así sucesivamente. Multiplicándose y dividiéndose. Volviéndose a multiplicar y volviéndose a dividir.
Y mientras más se multiplicaron los descendientes de Adán y Eva, más se dividieron. Se dividieron entre hombres y mujeres, amos y esclavos, jóvenes y viejos, nómadas y sedentarios, se dividieron por clases y naciones, razas y religiones, se dividieron entre líderes y seguidores, guerreros y pacifistas, profetas y pecadores, artesanos y pensadores, ricos y pordioseros, y muchas otras divisiones.
Debilitados por sus divisiones, a medida que los descendientes de Adán se esparcían por los cuatro rincones del mundo, pesaba sobre ellos el triste conocimiento de que a su existencia la regía la inclaudicable ley de que tal como tenían comienzo, tendrían fin. Este conocimiento produjo una fijación total, una obsesión con el tiempo, que se tradujo en la creación de relojes y calendarios, semanarios y campanarios, agendas, almanaques, péndulos, horarios que recordaban constantemente los límites de la vida.
Pero esta fijación con el tiempo, la angustia que el produce el presente al esfumarse en un futuro de incertidumbre, la añoranza, el culto total al pasado, los constantes esfuerzos por revivirlo, repasarlo, reinterpretarlo, reexaminarlo; esta fijación con el tiempo no ha impedido que los descendientes de Adán rompan las cadenas de los relojes con una carcajada: por lo bella que es la vida; por lo triste que es la muerte; porque nada tiene sentido; porque no hay respuesta a la pregunta, ¿por qué?.
EVA Y LA CULEBRA
El astro ya había alcanzado su zénit, y por bastante tiempo, las bestias desempeñaban sus actividades cotidianas, cuando Adán despertó aquel segundo día del hombre. Fue un despertar duro: la angustia había invadido completamente su ser.
Un dolor le calaba hasta los huesos: como si le hubieran cortado un miembro; pero más aún; era una especie de soledad, de ausencia. Se trataba precisamente de eso: durante la noche, aprovechando el sueño de Adán, el Creador lo había sometido a la brutal amputación de la mitad de su ser — física y espiritualmente. Por ello el dolor, el vacío, la soledad. Según fue despejando su mente, Adán intentó reconstruir palabra por palabra la conversación de la noche anterior con el Creador, conversación que, por alguna razón en aquel momento no alcanzaba a comprender. Luego, atrajo su atención el rítmico respirar de otro ser sobre su espalda: era una calorcito agradable, una caricia, que le hizo olvidar su dolor, su soledad. Dio la vuelta y sus ojos se posaron sobre Eva, la primera mujer que dormía tranquilamente junto a él. Sin jamás haber visto a otro ser humano, Adán reconoció a Eva: había formado parte de él durante toda su vida, que había sido de un día. Todo un día muy largo en el que juntos habían aprendido a reír y a llorar, habían cuestionado el por qué de la existencia, se habían negado a afirmar que el mundo pudiera definirse como perfecto, se habían enfrentado al Creador.
Durante un largo rato, Adán observó a Eva dormir. Al ver el sueño apacible, una sensación hasta entonces desconocida fue colmando su ser: la ternura. La misma ternura que siente una madre por su recién nacido: después de todo, él la había llevado dentro de sí: Eva era su hija (Adán todavía no sabía que pronto sería su esposa). Porque antes de ser el primer marido, el primer hombre, que también había sido la primera mujer, fue la primera madre. Y al sentir el amor materno, el primer hombre olvidó su angustia y soledad.
Las manos del primer hombre acariciaron los sedosos cabellos de la primera mujer, explorando el rostro femenino. Con la punta de los dedos, tocó los labios de Eva y, al sentir la humedad de su boca, Adán sintió que se le aceleraba el corazón. Luego, sus dedos hicieron un reconocimiento a lo largo del cuello, recorriendo los senos abultados y redondos de Eva, que seguía sin despertar. Adán se acercó a ella y aspiró las emanaciones de su cuerpo, transformándolas en un perfume. Embriagado de amor, Adán posó suavemente sus labios sobre los de Eva.
El primer beso de nuestro antepasado Adán despertó a Eva, la madre de nuestras madres, abuela de nuestras abuelas. Ella abrió tranquilamente los ojos y reconoció a Adán, como un recién nacido reconoce a su madre. Mientras que Adán había recibido la existencia con un fuertísimo grito, Eva llegó al mundo tranquila, encontró el rostro de Adán, en aquel momento su madre, muy pronto su esposo. Este primer beso combinó toda una gama de emociones: desde el amor materno por parte del primer hombre, al amor marital por parte del primer marido, al amor filial de la primera hija a punto de convertirse en la esposa de quien había sido su madre.
Al recibir Eva este primer beso, la sacudió un corrientazo similar al que fluía por las venas de Adán. Sin pensarlo dos veces, frente a los ojos del Creador, nuestros antepasados hicieron el amor. Se unieron sus cuerpos: los espacios negativos complementaron los positivos, lo cóncavo se acopló a lo convexo, las protuberancias penetraron las profundidades. Al hacerlo, encontraron sincronía y, tal como el universon en la sincronía ritmo, y al ver que encajaban perfectamente, volvieron a formar la unidad del primer hombre, a sentir la seguridad, la fuerza para enfrentar la vida y cuestionar al creador.
Adán estaba libre de angustia; Eva ni siquiera la había sentido en los escasos momentos de su vida. Mientras que hacían el amor, no les importaba que el Creador los pudiera ver: no consideraban que estaban haciendo nada malo. Luego, rieron, cantaron, bailaron. Disfrutaron: se tenían el uno al otro, se hacían compañía, y durante aquellos momentos se ausentaron del mundo con sus reglas, normas y leyes, olvidando que sus vidas estaban regidas por el tiempo.
El Creador tuvo que esperar a que la primera pareja parara de hacer el amor para bajar y hablarles. Le dijo a Adán que Eva sería su compañera: que así como ella había salido de la costilla de él, los hijos de Eva vendrían de su vientre, que el parto sería doloroso. Les señaló que podrían vivir en el Jardín del Edén, cerca del Tigre y el Eufrates, donde encontrarían todos los animales que había en la tierra, todas las plantas, todas las aves. Les explicó que compartirían el Jardín con las especies animales y vegetales, puntualizando que con unos podrían alimentarse, que domesticarían a los otros para que les hicieran compañía, y que a los demás deberían admirar y respetar de lejos.
El Creador les dijo que ellos tenían completa libertad de moverse a lo largo y ancho del Jardín del Edén, de comer lo que quisieran, de cortar las flores y frutas que desearan, de trabajar en lo que les llamara la atención. Cualquier cosa menos tocar el árbol de manzanas, que el Creador quería para sí mismo.
Durante aquellos primeros días, Adán y Eva se pasaron casi todo el tiempo haciendo el amor. Una vez calmaron un poco sus pasiones, fueron estableciendo una rutina diaria. En muy poco tiempo se habían acostumbrado uno al otro: incluso Adán casi había olvidado que una vez Eva había formado parte de él — ¡tanta era la felicidad que le producía tener una compañera con quien hacer el amor, con quien reír, con quien discutir. Le encantaba que ella tuviera ideas propias, que en cierta medida fuera una influencia moderadora de sus impulsos.
Durante aquellos primeros días comenzó a establecerse una división del trabajo: a él le impulsaba una fuerza interna, se internaba en los campos, cruzaba las montañas, en busca de comida, aventura, libertad; ella, con instintos más sedentarios y un radio de operaciones más limitado, prefería quedarse cerca del nido,trabajando la tierra, recogiendo los frutos de los árboles, produciendo quesos, telas, en compañía de los animales que habían domesticado. Aunque trabajaran separados, no les gustaba estarlo por mucho tiempo, porque comenzaba a afligirlos la ansiedad, la angustia, y la soledad.
Durante aquellos primeros días, cenaban con Jehovah con una cierta regularidad — eran unas cenas largas, pesadas, cansonas para ellos: tenían que esforzarse por invitarlo; tal era la seriedad, el moralismo, la falta de sentido del humor, la excesiva ceremoniosidad con que el Creador abordaba cualquier asunto. Medio en broma, comenzaron a llamar a estas cenas sacrificios. Pero más que sacrificios eran reuniones explosivas: al juntarse los tres bajo un mismo techo, las conversaciones se tornaban discusiones y las discusiones debates — debates en los que muchas veces El Creador no tenía respuesta al insistente por qué de Adán y Eva. Molesta situación para el Todopoderoso que con mucha frecuencia veía colmarse su paciencia; para evitar salirse de sus casillas, Jehovah prefería hablar con cada uno por separado.
Durante aquella época, humanos y animales hablaban el mismo idioma: perros y gatos, gallos, caballos, chivos y reses, cabras y la culebra. Esta última, la primera culebra, la madre de todas las culebras de hoy día era una magnífica boa constrictor, con coloridas manchas, y una de los favoritas del primer matrimonio. Elegante, coqueta, atractiva, de movimientos majestuosos, poseía una inteligencia fuera de lo común y un penetrante sentido del humor. Le daba vuelta todos los asuntos, no respetaba a nada ni a nadie, y constantemente hacía reír a Adán y Eva. La culebra era muy sociable y completamente fiel a Adán y Eva. Entraba y salía de la morada del primer matrimonio. Al considerarse parte de la familia; veía la casa como la suya.
Algunas veces, la culebra acompañaba a Eva en sus actividades cotidianas, participando en largas y animadas conversaciones sobre una diversidad de temas. A la culebra le encantaba burlarse de toda la creación — incluso hasta del Creador. Pero eran palabras inofensivas, completamente libres de malicia, cuyo único móvil era hacer reír a Eva. También podía hablar de asuntos serios; podría decirse que tuvo una de las primeras mentes renacentistas. Aconsejaba a Eva sobre la agricultura, sobre recetas de cocina, sobre asuntos de belleza, problemas de la mujer. Le decía a Eva que tuviera cuidado de no quedar embarazada: el parto sería muy doloroso y ni ella ni Adán estaban listos para cuidar bebés. A esto último, Eva no le ponía mucha atención: sólo le decía que tenía celos de que un bebé la fuera a desplazar, e intentaba calmarla. Todo era bajo un tono cordial, fraternal, entre comadres que vivían bajo el mismo techo.
A la culebra también le gustaba acompañar a Adán internándose en los campos, hasta perderse más allá del horizonte. Salían temprano en la madrugada y regresaban al final del día con alimentos que Eva les preparaba. Otras veces, se tiraban debajo del árbol de manzanas y charlaban, discutían, jugaban, reían. Cuando estaba con Adán, la culebra era bastante más atrevida, usaba un lenguaje más soez, era más burlona; no había detalle que se le pasara; no perdonaba a nada ni nadie. Se ponía a imitar a los demás animales: el burro, el perro, el gato, los pollos, las vacas, las gallinas, el palomo (el antepasado del Espíritu Santo). Una vez que le entraba la locura a la culebra, no había quien la parara: imitaba a Eva, imitaba a Adán, los imitaba a Adán y Eva haciendo el amor: ondulaba su cuerpo frenéticamente como ellos, produciendo todo tipo de supuestos sonidos de amor, resoplando, revolcándose, refregándose, relamiéndose, agrandando exageradamente los ojos, hasta que la vencía la risa. Adán, quien a veces se ponía a pensar en los cambios que él había sufrido — de ser hombre y mujer a la vez a ser hombre; de ser madre a ser marido — también hacía sus imitaciones: imitaba a Eva, luego imitaba al Creador. Las pocas veces que esto sucedió, Jehová ahogó las carcajas de Adán y la culebra con rayos, truenos y aguaceros, confirmando que no permitía que lo imitaran: simplemente no tenía sentido del humor.
Aquellas veces, Adán y la culebra regresaban tarde, cuando el sol alumbraba con sus últimos rayos. Eva los esperaba ansiosamente y los tres comían, bebían vino, recordaban el día, planeaban el siguiente, disfrutaban el momento, hablaban, discutían, reían. Cuando llegaba el momento de recogerse, es decir, cuando Adán y Eva tenían ganas de hacer el amor, encerraban a la culebra en una cesta de mimbre para que no se burlara de ellos, ni tratara de imitarlos, pues les impedía concentrarse. Una vez que terminaban de hacer el amor, comenzaban de nuevo las risas y los juegos, ellos dejaban a la culebra salir de la cesta y ella, sin orgullo ni soberbia, cariñosa, saltaba al lecho matrimonial y se enroscaba entre las piernas de ambos: quería sentirlos, tocarlos, gozar. Hasta que los vencía el sueño.
Así, un día Adán y Eva decidieron probar las manzanas, violando completamente lo que les había prohibido el Creador. Este incidente ha sido recordado, analizado, interpretado, reinterpretado por etnólogos y teólogos, antropólogos y arqueólogos de todo tipo a través de los años, dándole una significación muy diferente a la que realmente tuvo en el momento. Valga tener en cuenta dos cosas: primero, ellos desobedecieron conciente pero inocentemente; les atraía, como a cualquier otro ser humano, lo prohibido. Segundo, la ira del Creador fue muy por encima de la ofensa, ¿por qué habría de ponerse tan furioso por algo tan inocente como una simple manzana? Lo cual nos hace pensar que en realidad El estaba molesto con la manera cómo Adán y Eva vivían entre risas y besos, burlas y discusiones, sin que lo tomaran muy en serio, y por tanto estaba esperando el momento propicio para darles una lección.
Hay quienes piensan que Jehovah se hubiera calmado si lo hubieran invitado a compartir las manzanas — le hacía falta un sacrificio. Pero rehusaron hacerlo, quizás por negiglencia; quizás por olvido; o quizás porque el viejo cascarrabias, malgeniado, aburrido y lleno de complicaciones, a quien todo parecía molestarle, siempre tardaba mucho tiempo en irse y a ellos les gustaba hacer el amor después de comer.
Pero eso ya poco importa porque pasó hace mucho tiempo. Cuando Jehovah vio que las manzanas no estaban en el árbol, y que la fuerza de la gravedad tampoco las había hecho caer al suelo, supo inmediatamente que Adán y Eva las habían cogido y le entró una ira incontrolable. Arremetió contra ellos con una feroz tormenta que destruyó la casa de Adán y Eva, inundó los campos y cultivos, destruyó el Jardín del Edén y, con rayos, los persiguió hasta obligarles a esconderse en una caverna.
Adán y Eva nunca habían visto a Jehovah tan furioso: sintieron algo que jamás habían sentido: miedo. Miedo de que el castigo divino los fuera a separar uno del otro, separación que los llenaría de ansiedad, angustia, soledad; como sintió Adán al nacer, y volvió a sentir al enterarse que tendría que morir; como la que a veces sentían cuando no estaban juntos. Temieron que, en última instancia, este miedo destruiría la raza que estaba por fundarse. Así como no se puede decir exactamente por qué no habían invitado a Jehovah a compartir las manzanas, tampoco se puede decir exactamente por qué en vez de afrontar el asunto, de aceptar responsabilidad por sus acciones, dijeron la primera calumnia, encontraron el primer chivo expiatorio, participaron en la primera traición contra uno de los suyos, un ser que jamás les había hecho mal, uno que les había acompañado fielmente: la culebra.
El odio de la humanidad por la culebra se remonta a aquellos días: simboliza la primera canallada de nuestros antepasados; nos recuerda que el ser que puede reír y puede llorar, el que puede crear y es capaz de abrigar sentimientos tan nobles como la ternura, también posee la capacidad de culpar a un inocente.
Por su parte, arrastrándose en cuerpo pero incapaz de traicionar a nadie, la culebra nunca entendió por qué le habían pagado con tan vil moneda. Desde entonces, ha tratado constantemente de renovar sus lazos con los seres humanos, cambiando de piel todos los años intenta para mejorar su apariencia.
Lágrimas por un hermano.
“La historia la escriben los vencedores y mi historia la escribieron quienes me juzgaron. Fui condenado desde el comienzo del tiempo y desde entonces estoy sufriendo mi castigo. He sido calumniado y vilipendiado. Pero nadie jamás se ha preguntado por qué someterme a un castigo más cruel que el crimen que cometí.
“No estoy tratando de justificarme — porque mi crimen no tiene justificación. Tampoco intento minimizar lo que hice, ni pedir a la historia ni a mis semejantes que me perdonen, puesto que mi crimen es imposible de perdonar.
“Al revolver nuevamente los acontecimientos de hace milenios, al contar mi versión de los hechos, al poner en contexto esta tragedia — mi tragedia y a la vez la tragedia de la humanidad — quiero mostrar cuán absurda, cuán arbitraria, cuán injusta es la vida, la existencia. Igualmente repito que el castigo al que fui sometido ha sido excesivamente cruel y poco usual.
“Hablemos de mi crimen. Siempre he pensado que la vida es sagrada. Desde que tuve uso de razón, llegué a convencerme de que no hay peor crimen, ni agravio más grave a la vida que el de quitarle la vida a otro ser: la vida es sagrada, el que la quita se atribuye poderes más grandes que ella; mi hermano, igual que cualquier otro ser, tenía el mismo derecho a vivir que yo. Lo maté y merezco ser castigado, aun así, el castigo al que he sido sometido es cruel y excesivo.
“Quiero dejar claro que, con mi acto de violencia culminó un proceso que comenzó desde el día mismo en que nací y que se fue acelerando a partir del día en que vino al mundo mi hermano Abel. Por años sufrí en silencio; a medida que poco a poco él me iba robando mi espacio, iba ganando el cariño y la apreciación de mis padres, los mismos que toda mi vida me habían rechazado. La gota que desbordó el vaso:cuando al rechazo paterno se sumó el rechazo de Jehová.
“Voy a hablar de mi primeros recuerdos. Son grises. Tristes. La ausencia de luz, risas y color. La nuestra era una cueva silenciosa y fría, el frío que emanaban dos seres duramente golpeados, vencidos por la vida, agobiados por sus frustraciones y remordimientos, dos seres completamente retraídos, enajenados, ensimismados, dos seres sin pasiones ni ilusiones: así eran el Adán y la Eva que me engendraron. Andaban encorvados por el peso de la vida y del dolor que llevaban a cuestas, dolor que escasamente mencionaban (fue en la intimidad de la noche, cuando mis oídos indiscretos alcanzaron a descifrar sus susurros, que me enteré que algún día había habido un Jardín del Edén, que ellos habían sido expulsados, y que en el proceso habían cometido una gran traición: exactamente qué, nunca lo supe).
“En aquel mundo de silencio casi total, donde la tristeza aleteaba sobre nosotros, la única ocupación de mis padres era el trabajo: Eva labraba la tierra; Adán cazaba en los campos. Adán salía con las primeras luces y, casi inmediatamente, Eva comenzaba a llorar. No hay espectáculo más lamentable, ni escena más angustiosa para un niño que presenciar a su madre llorando constantemente, que ver desbordarse, de uno ojos que deberían irradiar amor y comprensión maternos, un torrente de lágrimas, sin causa ni razón aparente.
“Mientras trabajábamos, yo no podía dejar de ver los enormes lagrimones de Eva, que rodaban por sus mejillas, hasta alcanzar el suelo, irrigando los surcos que habíamos cavado, enriqueciendo la tierra. Ahí descubrí la ciencia de la irrigación. Así comenzó mi amor por la tierra, redentora que transformaba el dolor de Eva en hermosos y saludables frutos. Comencé a considerar a la tierra mi verdadera madre: me dio el amor que mi madre era incapaz de darme, me enseñó a extraer lo positivo de lo negativo. Con los años, mi amor por la tierra aumentó y comprendí que ella sería mi esposa. De nuestro matrimonio, fundaríamos centros urbanos al margen de los ríos, civilizaciones que respetaran la tierra, las aguas, la vida. Desafortunadamente, el destino me llevó por otros caminos.
“A mi padre, lo veía escasamente. Adán salía temprano en la madrugada armado de instrumentos de muerte. No llegaba sino entrada la noche, sangriento, con un pedazo de animal desangrando, todavía palpitante con la vida que le habían quitado violentamente. Adán intentaba hacerme comer la carne, me decía que no iba a crecer comiendo vegetales, me hablaba de las virtudes alimenticias de la carne, de la emoción de la caza, la satisfacción de matar a otro ser vivo. Matar era para completamente ajeno a mi ser; comer lo que había matado, además de inapetecible, se me hacía repugnante. Al negarme a compartir la carne con él, y viendo cuanto horror me producía su filosofía ante la vida, Adán se sentía ofendido (decía que yo no apreciaba sus esfuerzos) y a su vez me rechazaba, abriéndose desde aquellos primeros días una enorme brecha entre padre e hijo. Se apartaba a un rincón de la cueva y, después de comer la carne que había matado, pasaba las horas afilando, afinando, puliendo los instrumentos de muerte.
“El rechazo de Adán hacia mí aumentó en el momento que vino al mundo mi hermano. El trajo la luz, la risa y la alegría a nuestra caverna. Era como si de golpe toda la casa se hubiera olvidado de mi. Como si milagrosamente se secaran las lágrimas de Eva: simplemente dejó de llorar. El llanto fue sustituido por la risa — un sonido extraño que ahora salía de boca de mis padres (tanto, que a veces cuando me encontraba trabajando la tierra y algo me producía risa me invadía algún tipo de vergüenza porque yo la consideraba algo ilícito). A partir de aquel momento, Eva jugaba con mi hermanito juegos desconocidos para mí. Aunque arrugada, cansada, envejecida, comenzó a proyectar un aura, cierta luz completamente desconocida para mí: su rostro tenía las sonrisas que yo nunca había visto. Al ver a Eva mimar, acariciar, proteger, sonreír a mi hermano, supe lo que era el amor materno, aquel que yo nunca había recibido. Comenzó a brotar dentro de mí el germen del resentimiento: no era odio a Abel — era mi hermano — sino envidia; sentía que el destino me había hecho trampa, me había dado una mala mano. Entonces seguí concentrándome en mi trabajo, mi amor por la tierra, la agricultura, mis planes sobre la irrigación que eran mi interés, mi vida, mi consuelo.
“Aunque yo fuera 33 años mayor que él que él, mi hermano y yo teníamos un enorme parecido físico. Al verlo crecer, mis padres rememoraban mis primeros años. Este tipo de comentarios me hacían sentir aún más la ausencia total de cariño desde mis primeros días. Con el tiempo, quizás porque mi dieta vegetariana me permitía conservarme mejor, llegó a un momento que éramos indistinguibles: un reflejo el uno del otro. Idénticos a primera vista, al vernos cuidadosamente, quedaba evidente que cada facción, cada rasgo, cada detalle de él tenía su contraparte en mi: éramos como un reflejo de un espejo. Compartíamos una enorme semejanza, pero a la vez éramos completamente opuestos.
“Con el pasar de los años, a medida que iba creciendo Abel y aumentaba nuestra semejanza, resaltaban aún más las diferencias de nuestra esencia: Abel era alegre, risueño, liviano; yo triste, retraído, pesado; a él le gustaban los espacios abiertos, los campos vacíos, las noches llenas de estrellas; a mi los terrenos delineados, las parcelas sembradas, el confort de mi caverna; él adoraba la caza y el pastoreo; yo la agricultura y la irrigación. El no tenía ningún problema ético en criar una bestia, cuidarla, protegerla para luego sacrificarla, desangrarla, pelarla, descuartizarla, e ingerirla. Yo consideraba aquello como una repugnante orgía de violencia, sacrílega y completamente innecesaria puesto que la tierra era generosa y, mediante el manejo de las aguas, estaba siempre lista a alimentarnos.
“A medida que fueron pronunciándose las enormes diferencias entre mi hermano y yo, iba creciendo la preferencia hacia Abel por parte de mi padre, el viejo Adán, ese extraño casi total que todas las noches de mi vida había tratado de obligarme a comer carne. Adán estaba satisfecho: sentía la vindicación de su vida y sus actividades.
“Un día, cuando ya cada hijo estaba bien encaminado en sus respectivas vidas, nuestros padres nos pidieron que restableciéramos relaciones con Jehovah, quien hacía mucho tiempo no recibía un sacrificio de nuestra parte. Nos dijeron: “los hijos no tienen por qué pagar los pecados de los padres. Hagánse amigos de El; a Jehovah le gustan los sacrificios, las ofrendas, las oraciones. Busque cada uno lo mejor que tengan y ofrézcanselo. El sabrá aceptar y quedará contento.”
“Comenzó como un intento inocente, honesto de parte cada uno por establecer su propia relación con el Creador. Nunca esperamos que se convirtiera en un conflicto filosófico, un enfrentamiento de titanes entre dos maneras de ver el mundo. La gota que colmó el vaso fue el día de los sacrificios.
Mi hermano se dirigió a uno de sus rebaños, donde encontró un cordero recién nacido: hermoso, tierno, limpio, lleno de vida, hijo de una de las ovejas más dóciles. Abel lo raptó de su madre, lo sacrificó y se lo ofreció en un altar a Jehovah. Todavía recuerdo la escalofriante escena que alcancé a ver desde detrás de un árbol: el humo ascendía hacia el cielo, la sangre inocente enlodecía la tierra, mientras que se escuchaban los bramidos dolorosos de la noble oveja llorando su cachorro.
Al preparar mi ofrenda, yo tenía la certeza de que Jehovah iría a conmoverse. Le estaba dando lo más bello que había producido la tierra, los frutos de nuestro amor, productos de mi trabajo, extraídos con el sudor de mi frente. En cada uno de ellos, se concentraban mi amor, mis esfuerzos, mi cariño pleno, mi filosofía. No pensé que Jehovah fuera a preferir una ofrenda a la otra: después de todo, el mundo lo compartíamos los dos, las dos maneras opuestas de pensar. Además, me decía yo en aquellos días, si El fuera a preferir una, invariablemente sería la mía: tenía el mérito de respetar la vida que El nos había dado. Eran hermosas legumbres del huerto de la vida, que hubieran sido el orgullo de cualquier agricultor, aquellas que Jehovah rechazó.
“Siguió un momento desconcertante de ira. Se combinaron en mi la furia, la envidia, el despecho, el desprecio, el resentimiento de ver a mi hermano disfrutar todo lo que me había negado la vida. Sentía que me iba cayendo en un vacío, que me cegaba una mancha roja y poseía el deseo de destruirlo todo, acabar con todo, borrarlo todo, golpear, eliminar, deshacerme de mi hermano, matar. Golpeé y seguí golpeando a Abel, viendo como cada golpe le iba quitando un poco de vida: me era imposible parar. Puedo decir que sabía lo que estaba haciendo, pero al mismo tiempo que lo hacía sin saber que lo sabía.
“Cuando paró mi ira, al ver que había matado, que había cometido el mismo acto que tanto me repugnaba, que había actuado en completa violación a mis principios, quedé horrorizado, sentí miedo, caí presa de la desesperación. En vano llamé a mi hermano, traté de curarlo, revivirlo. Luego sembré su cadáver en el terreno más fértil y lo irrigué: abrigaba la vana esperanza de que la Tierra que siempre me respondía generosamente — pero estaba escrito que ahí acabaran los días de Abel.
“Después quise esconderme: de mis padres, de Jehovah, de mi conciencia. Hasta que escuché la voz de Jehovah reclamando a mi hermano y respondí lo que primero se me vino a la mente, ‘¿Acaso soy yo quien cuida de mi hermano?’ Eran palabras temerosas — la voz del miedo — no la soberbia que me han atribuido los cronistas. Era la respuesta de un hombre que acaba de darse cuenta de lo que es matar a otro ser de la creación, un hombre caído que responde sin pensar, un hombre cuyo mundo acaba de desfondarse.
“Poco tiempo después de aquel incidente, se implementó la conocida fórmula bíblica según la cual la violencia se pagaba con la violencia: ‘Ojo por ojo; diente por diente’. Aprovecho esta oportunidad para preguntarle a Jehovah: ¿por qué no se aplicó conmigo esta ley? ¿Por qué no se me quitó la vida igual que yo se la había quitado a mi hermano? ¿Por qué no pagarme con la misma moneda y retirarme de una vez por todas del mundo de los vivos, borrarme de la faz de la tierra, convertirme en el polvo de la nada, olvidarme para siempre?
“¿Por qué digo que el castigo que he recibido es mucho más cruel que el crimen que cometí? En vez de ser ejecutado, fui sentenciado a abandonar la tierra — mi vida, madre y esposa — dejar mi terruño, mi trabajo, sentenciado a perder para siempre la felicidad de sembrar, de limpiar los campos, irrigarlos, de ver las semillas germinar, de seguir el crecimiento de los tallos, de cosechar los frutos. Todo lo que constituía mi felicidad.
“Desde entonces, mi vida es un peregrinaje continuo, por el resto de la eternidad, de un rincón a otro del mundo, sin rumbo ni norte, deambulando entre animales y rebaños, durmiendo una noche aquí y otra allá, siempre en sitios desconocidos, siempre a la intemperie, siempre en la incertidumbre, siempre pesando sobre mí la enorme angustia que producen los espacios abiertos.
“Hubiera preferido mil veces morir a tener que errar por el resto de la eternidad, sin siquiera la posibilidad de alcanzar el descanso eterno.
“He sido condenado a vivir entre animales, verlos crecer, ganarme su confianza, hasta el momento que me vence el hambre: entonces tengo que sacrificarlos, desangrarlos, pelarlos, comerlos. Es decir, matar, en un acto criminal premeditado, con mayor sevicia que cuando maté a mi hermano. Mi vida depende de mi capacidad de quitarle la vida a otro ser, uno que tiene el mismo derecho que yo a la existencia. Esa es mi cruel condena. Yo, que encontré repugnante cualquier acto de violencia, tengo que cometerla todos los días. Al repetir mi crimen para poder vivir, me siento como Prometeo, que tiene que sufrir un terrible castigo todas las noches.
“Además, estoy condenado a soportar todas las calumnias posibles contra mí, olvidando mi contribución a la vida: yo, Caín, fui el primer marido de la tierra, el padre de la agricultura, inventor de la irrigación.
“En pocas palabras, al preferir el sacrificio de Abel sobre el mío, Jehovah prefirió a los carnívoros sobre los vegetarianos. Y aquellos que devoran sus víctimas después de sacrificarlas son los que escribieron mi historia”.
Alegrias antidiluvianas
Caín comenzó a cumplir su condena, que habría de llevarlo por los cuatro rincones del mundo, reduciendo su existencia a un constante peregrinaje, sin detenerse jamás en un sitio más de una noche, ni jamás dormir en una cama que pudiera llamar la suya, vagando, deambulando eternamente por todo el planeta, tardando tanto tiempo en volver a pasar por el mismo sitio que al hacerlo lo encontraba irreconocible, hecho que le hacía ver al mundo más ancho y más ajeno que cualquier otro ser en toda la humanidad.
Adán y Eva, por su parte, se encontraron nuevamente sin hijos. Cansados, frustrados, golpeados por tercera vez en la vida, ahora tenían que sufrir el terrible dolor de haber perdido dos hijos. Ayudaba a doblar sus espaldas el peso del remordimiento de una traición, que en la silenciosa intimidad de sus mentes, les obligaba a recordar sus primeros días, aquellos hermosos días de amor y de risa, cuando eran livianos como la brisa, en lo que había sido el Jardín del Edén — memorias que, por la alegría que traían, hacían ver aún más triste, dura y vacía la existencia que llevaban.
Sus vidas — es decir, lo que les quedaba de ellas — parecían extinguirse ensombrecidas por la amargura de vivir condenados a morir solos, acosados por sus recuerdos. Cuando no estaban trabajando, comiendo o durmiendo, se sentaban a esperar la muerte con fatídica resignación, viendo las horas desfilar ante sus ojos, horas que cedían el paso a los días, días que daban campo a las semanas, para luego convertirse en meses, meses de frío, meses de lluvia, meses de viento, meses de nieve, meses de calor. Mientras Adán cazaba, mataba, pelaba las bestias, Eva sembraba, irrigaba, cosechaba — para nuevamente cazar, matar, pelar, sembrar, irrigar, cosechar: la monotonía engendraba el tedio y éste la aceptación de la muerte, que parecía acecharlos desde más cerca cada día. Adán y Eva, a medida que iban cancelando el saldo de sus días, iban olvidando las preguntas que originalmente les habían causado problemas con el Creador. En aquellos momentos de sus existencias, realmente habían dejado de importarles ese tipo de asuntos banalaes.
Con Jehová, mantenían una relación bastante rutinaria, cortés, obligada. Lo veían con poca frecuencia, le hacían sacrificios todos los domingos, lo trataban con respeto, siempre muy distantes de El. Ante todo le temían porque ya les había mostrado cuán inmisericorde su venganza podía ser; aunque también respetaban sus poderes, que eran mucho más grandes que ellos, pues había creado lo visible y lo invisible.
Por su parte, Jehová había visto reducirse su campo de operación, sus poderes sobre la tierra. No había más mundos, galaxias, ni sistemas que crear; ni órbitas, movimientos o cursos que trazar; en la tierra, además de Caín, vivían únicamente dos seres humanos. Dos personas viejas, vencidas, sin energía pecadora, ni ninguna intención de crearle grandes preocupaciones. Además, creados el tiempo y el espacio, ahora el Creador tenía que regirse por ellos. El tiempo había comenzado a ser el impulsor de procesos, el encargado de efectuar los cambios, a ser la medida de todas las cosas. El letargo que afectaba a Adán y Eva, se había extendido al Creador, quien mataba las horas aburrido, esperando que algo pasara.
Muy pocas cosas ocurrían en la tierra. En nuestros antepasados se habían extinguido desde hacía muchísimo tiempo las llamas del amor. Indiferentes ante la carne, los cuerpos de Adán y Eva eran dos leños cenicientos, quemados, sin lumbre ni calor. Ellos, en las largas noches de insomnio, en el silencio de la oscuridad de su caverna, rumiaban cada uno por separado pesares y remordimientos, lamentos y sufrimientos. Las noches siempre eran más largas y fríaa que los días.
Fue una de aquellas largas y solitarias noches invernales, cuando el fuego no alcanzaba a calentar la cueva y los punzones del frío habían penetrado las pieles con que Adán y Eva se cubrían, los dos viejos acercaron sus cuerpos buscando el calor mutuo. Y al juntarse los cuerpos arrugados y doblados de dos seres a punto de dar el último suspiro, dos seres con un pie fuera de este mundo, al revolverse las cenizas, hubo una levísima combustión y saltaron algunas chispas, escasas, mínimas, casi insignificantes, pero lo suficientes para producir de estos leños el opaco reflejo de la pasión de antaño. Quizás solamente era el heroíco esfuerzo de una especie que enfrentaba la extinción, quizás así estuviera escrito, quizás simplemente fuera mera coincidencia, la que renovó en Adán su virilidad de antaño y en Eva su antigua pasión; pasión que vino acompañada de una extraordinaria fertilidad, que produjo una interminable serie de embarazos de la tercera edad.
Así, Adán y Eva, nuestros primeros antepasados, volvieron a reproducirse, con hijo que, por la diferencia en términos de edad bien podrían haber sido sus biznietos. Así, la caverna donde se refugiaban se fue llenando de muchachitos: hembras, varones, más hembras, más varones. Con los niños vinieron risas, llantos, palabras. Y el ruido de los muchachitos niños trajo de nuevo a Adán y Eva las memorias de aquellos días pasados que nunca habrían de volver: pero éstas vinieron menos tristes, menos melancólicas, porque traían consigo la alegría de vivir. Así se fue desplazando el tedio.
Con sus risas, sus voces y palabras, niños grandes y pequeños, fueron creando los primeros juegos. Aprovechaban las palabras de la lengua original, en su segunda versión. Era una lengua genérica que tenía todos los sonidos de todas las lenguas que habrían de venir con los años, pero que ya no tenía la inocencia de la lengua del paraíso, aquella que sólo Jehová, Adán, Eva y la Serpiente hablaron. Era un hermoso y rítmico lenguage: así, al son de sus aplausos, repetían rítmicamente alguna palabra, y fueron surgiendo las primeras canciones. Con los huesos de los animales que Adán traía diariamente — porque en aquellos días ninguno de ellos sentía el menor escrúpulo por ingerir carne — y con palos y otros materiales que encontraban, fueron inventando, rudimentarios instrumentos musicales para acompañar las canciones. Poco a poco, nuestros antepasados, los descendientes de Adán y Eva, fueron creando la música. A la vez que lo hacían, comenzaron a sentir el extraño efecto que en sus cuerpos producía la música: era una sensación hasta entonces desconocida. Era una especie de reflejo, de posesión, una reacción instintiva, casi animal — como si sus espíritus se empeñaran en conducir sus cuerpos. Se fueron dejando llevar por ella, permitieron que sus espíritus dominaran sus cuerpos, que sus cuerpos respondieran al ritmo. Con los años, a medida que iban incorporando más y más instrumentos musicales al proceso, fueron codificando, estructurando la manera de seguir el ritmo. Y lo llamaron baile.
Jehová seguía el proceso con mucho interés. Estaba complacido con que comenzara a poblarse la Tierra. Quería que Adán y Eva les enseñaran a sus hijos que El era el creador de todo. Que había que amarlo a El sobre todas las cosas. Que había que santificarlo con sacrificios. Quería que ellos se mostraran respetuosos con El y que le temieran. Por otro lado, así como en su perfección absoluta Jehová nunca había podido desarrollar ningún tipo de sentido del humor, no le gustó la música: no la supo apreciar; no le vió ninguna función. El baile le gustaba aún menos: lo veía como algo vulgar, medio escandaloso, como poco digno de un ser humano. Pero para Jehová el hecho de que comenzaran a pasar cosas en la Tierra era mucho más importante, más positivo, superaba cualquier objeción que El pudiera tener hacia la música o el baile.
Todos los días, Adán y Eva salían de la cueva a trabajar: él a cazar, ella a labrar los campos. Mientras, sus descendientes se quedaban a cantar y bailar. Noche y día, sin parar. Escasamente comían y dormían, y nunca al mismo tiempo: en cada corredor, cada recoveco de la cueva siempre se escuchaban música, cantos, baile. Se iban perfeccionando los sonidos de los instrumentos, afinando las voces, regimentando los pasos de los bailes. Algunas veces, Adán y Eva se unían a las danzas pero, por lo general, se retiraban a su rincón de la caverna y hacían más hijos: tenían que fundar una extirpe. Y del inagotable vientre de Eva nacieron gemelos, muchos pares, más triples y cuádruples, quíntuples, séxtuples y más. La cueva donde vivían Adán y Eva se estaba sobrepoblando con una velocidad vertiginosa.
Cada recién nacido, al poco rato de abrir los ojos, cuando sus oídos comenzaban a distinguir los sonidos, encontraba su puesto en la orquesta de la humanidad naciente. La primera familia había formado el primer conjunto familiar. Con el tiempo se fue implementando una división natural del trabajo; cada uno fue ocupando el puesto, el instrumento, la parte que mejor reflejara sus aptitudes. Los unos tocaban, los otros seguían el ritmo con el pie, otros más con las manos, éstos cantaban, solos o en coro, aquéllos bailaban, otros daban la media vuelta. Se iban turnando para que todos pudieran bailar, cantar, tocar, seguir el ritmo con el pie, dar la media vuelta: y lo hacían durante horas maratónicamente largas, hasta entrar en trances casi delirantes. Ya en aquella época, alrededor del año 6666 antes de nuestra era, se contaban varios miles de seres humanos, todos hijos de Adán y Eva, que mataban las horas cantando, silbando, aplaudiendo, zapateando, bailando, dando la media vuelta. Generaban un enorme calor que al condensarse contra las paredes de la caverna las hacían sudar. A medida que aceleraba el ritmo de la música, aumentaba la velocidad del baile, el trance era más profundo. Los unos se iban acercando a los otros, los cuerpos de los hermanos se frotaban contra los de las hermanas. Sus cuerpos bañados en sudor, viéndose algunos necesitados de despojarse de la pieles con que se cubrían, y al hacerlo, al tocar la carne, sintieron necesidad de dejarse llevar por otro ritmo, el del magnetismo animal.
Así, tal como el primer hombre había sido la primera mujer, y la primera vez que hizo el amor con otro ser fue en realidad consigo mismo, el primer acoplamiento sexual entre los descendientes de Adán y Eva fue incestuoso. En aquellos días todavía no se había catalogado el incesto como tabú. Hermanos encontraron en sus hermanas su complemento, su media naranja, su mitad perdida. Y mientras unos hermanos cantaban, aplaudían, tocaban, cantaban, bailaban, daban la media vuelta, otros hermanos hacían hermanablemente el amor día y noche, con pasión similar a la que se había despertado en nuestro primer antepasado Adán al abrir los ojos y encontrar a Eva, aquel segundo día de la creación del hombre.
De la primera orquesta familiar, que generó la primera gran fiesta familiar, degeneró la primer orgía. Orgía familiar. Incestuosa orgía, en que hermanos y hermanas confundían sus cuerpos; mientras por los corredores de la caverna retumbaban los sones de la música, los movimientos coreografiados, la enorme media vuelta, otros hermanos hacían el amor. La cueva formaba una unidad orgánica con ellos, que cantaban, bailaban, daban la medida vuelta con una energía vibrante, una vitalidad plena.
Así, sin que ninguno de ellos se diera cuenta, o si lo hicieron, sin que le atribuyeran la importancia histórica al evento, un día murieron Adán y Eva. El, primero, ella un día después. Muertos tranquilamente. Muertos para siempre. Dos vidas que se extinguieron después de haber fecundado la tierra y nuestros espíritus, dejándonos un legado de independencia y valor, por atreverse a cuestionar al Creador, aunque de sumisión y cobardía, por culpar de sus acciones a un ser inofensivo. Aún así, libres de forjar sus destinos, nuestros primeros antepasados sentaron las pautas para quienes heredamos la existencia: un accidentado camino circular, no tan largo como parece, en el que tras cada curva acechan penas y alegrías, ilusiones y decepciones, risas y llantos, amores y odios, hasta que cada caminante llega al mismo punto de partida, que — igual que la condena de Caín — le es irreconocible: el tiempo, con su inmisericorde pincel lo ha transformado completamente.
La partida para siempre de Adán y Eva ni alegró ni entristeció a Jehová. Después de todo El supo desde un comienzo que regresarían a ser lo que una vez fueron: nada. En aquellos días, su mayor preocupación era afianzar su poder sobre los nuevos habitantes de la Tierra.
, Los miembros de la primera orquesta familiar, así como no se dieron cuenta de que habían muerto Adán y Eva, tampoco se dieron cuenta de que los recién nacidos que seguían poblando la cueva no eran sus hermanos (y si algunos lo hicieron, no le atribuyeron la menor importancia). Para unos eran primos, para otros sobrinos. Y al haber primos y sobrinos, hubo tíos. Luego hubo nietos y nueras, yernos y suegras, cuñados y concuñados y más, mucho más. Sólo que ellos no se habían tomado el tiempo de darle los nombres correspondientes: no querían dejar de bailar; la música no paraba y todos seguían haciendo el amor. Ausentes sus padres, ahora ellos cazaban, pescaban y araban la tierra — lo suficiente para alimentar a varias miles de personas. Pero su interés principal seguía siendo hacer música y hacer el amor: entre padres e hijos, primos y nietos, sobrinos y tíos, nietos y abuelos, sobrinos y nietos,tíos y abuelos. Al cabo de un tiempo, comenzaron a participar en las orgías familiares algunos de los animales que habían domesticado: perros, gatos, caballos, reses, cabras. Incluso habían reestablecido relaciones con la serpiente.
Con el tiempo, la falta de diversidad genética comenzó a producir una serie de mutaciones. Era como si de un enorme laboratorio, con un interminable inventario anatómico, se fuera experimentando con todas las combinaciones posibles de seres humanos. Como si los seres humanos se dividieran en partes y al sumarse las partes de nuevo se produjera un resultado completamente diferente.
Entonces comenzaron a nacer cíclopes; y gigantes bicéfalos; y enanos tricéfalos; y seres con cabezas triangulares, seres sin cabeza, que tenían sus ojos y boca en el torso; vaginocéfalos, hidrocéfalos, microcéfalos y macrocéfalos, más acéfalos. Algunos tenían varios penes; otros era macrogenitalimorfes o microgenitalimorfes, además de seres con múltiples brazos o otros con múltiples narices. Algunos tenían cabezas de animal; otros cuerpo de caballo; o cuerpo de cabra; hubo seres que en vez de cabello tenían serpientes. Y muchísimas otras formas más que hasta el momento desconocemos. Estos antepasados nuestros eran completamente inocentes: carecían de la capacidad de cometer cualquier tipo de traición. Hablaban la lengua original, en su segunda versión y en sus seres tenían la capacidad de cometer hermosos actos de nobleza y enormes canalladas, de hacer el bien, como de hacer el mal, de amar como de odiar, sin que estuviera nada definido. Amaban el baile y amaban el amor. Se la pasaban bailando, cantando, aplaudiendo, zapateando, dando la media vuelta, haciendo el amor, con la primera orquesta de la humanidad.
Jehová estaba complacido con los descendientes de Adán y Eva. Aunque para entonces la mayoría de ellos escasamente se parecían físicamente a la Creación original, eran bastante religiosos. Habían comenzado a integrar en sus sacrificios religiosos la música, el baile, la media vuelta, y sus monumentales orgías. Jehová lo aceptaba gustosamente. No le importaba que le hubieran cambiado de nombre.
Con el transcurso de las generaciones, a través de las mutaciones, quizás resultado de la selección natural, quizás también por mera casualidad después de las múltiples combinaciones, o quizás por las mismas leyes cíclicas del universo, comenzaron a nacer andrógenos y hermafroditas. Los primeros sin ningún sexo definido, sino ambos. Los últimos con los dos sexos definidos. Completamente diferentes y sin embargo, totalmente iguales, ya que al combinar en su esencia la naturaleza masculina con la femenina, andrógenos y hermafroditas eran exactos al Adán del primer día de la creación, es decir, iguales en semejanza a Jehová. El hecho de que todo desembocara allí fue un elogio para Jehová: confirmaba la perfección de su obra.
Pero otras cosas comenzaron a llegar al punto de partida y Jehová tuvo su primer enfrentamiento con los andrógenos y hermafroditas — el mismo que había tenido con Adán. A andrógenos y hermafroditas les tenía sin cuidado la supuesta perfección del universo: les preocupaba que la vida no tuviera razón, el por qué de las cosas, el que a todo lo rigiera la ley de los ciclos y círculos. Sustituían la falta de respuestas bailando, cantando, aplaudiendo, zapateando, dando la media vuelta, haciendo el amor consigo mismos más vigorosamente que nunca. Y Jehová estaba comenzando a perder la paciencia.
Con el paso del tiempo, al ver que no se moderaba el comportamiento de andrógenos y hermafroditas, Jehová comenzó a enfurecerse. Su ira se fue reflejando en los cielos: negros nubarrones, que emitían terribles gruñidos, fueron oscureciendo el firmamento. El sol escasamente se atrevía a salir por no contrariar a Jehová. La humanidad no paró de bailar, cantar, aplaudir, zapatear, dar la media vuelta, ni de hacer el amor. Sólo cambió el paso: ausente el brillo del sol, se fue desvaneciendo poco a poco el carácter de la música, fue perdiendo alegría, euforia, volviéndose lenta, tristona, lamentosa. Brotaban lágrimas del ojo de los cíclopes, y las múltiples cabezas de los gigantes se convulsionaban de dolor; igual se lamentaban los enanos y los hidrocéfalos, microcéfalos, macrocéfalos, los acéfalos; y también los microgenitales, macrogenitales, cabezas de animal, o los de serpientes por cabello. Así entre lágrimas, seguían bailando, cantando, aplaudiendo, zapateando, dando la media vuelta.
Con el paso de los años, una mayoría de hermafroditas y andrógenos había poblado la tierra, sustituyendo casi completamente a los seres humanos que se parecían a Adán y Eva, sólo un pequeñísimo núcleo en torno a Noé y su familia. Aquellos fueron días tristes, de oscuros cielos encapatados, días en que todos bailaban al son tristón de la noche que pesaba sobre la humanidad. Jehová tenía un diálogo con Noé y también con los hermafroditas y andrógenos, quienes lo seguían cuestionando, contradiciendo, presentándole formidables argumentos, a los que El no tenía respuesta. Por segunda se colmó la paciencia divina. Por segunda vez, el Creador chocó contra un ser semejante a El. Esta fue la gota que rebosó la copa, última gota que fue rodando desde la eternidad de los cielos, a través de zonas etéreas, hasta alcanzar los negros nubarrones que encerraban la humanidad. En el proceso que necesitó la gota para pasar de lo eterno a lo temporal, de lo metafórico a lo tangible, Noé tuvo tiempo para organizar la construcción de una enorme embarcación que llamó Arca. En ella fue colocando una pareja, y sólo una, de las especies que poblaban la tierra. Desaparecieron especies animales, especies vegetales, desaparecieron las diversas mutaciones, cíclopes, hidrocéfalos, microcéfalos, macrocéfalos, macrogenitalimorfes y microgenitalimorfes; más los seres de cabezas de animal, cuerpo de caballo, o cuerpo de cabra. De aquella rama de nuestros antepasados quedaron escasos recuerdos, borrosas imágenes que hoy llamamos mitológicas; también quedaron algunas costumbres: el canto, el baile, los aplausos, el zapateo, la media vuelta.
Y fue a los descendientes de Noé, a quienes les correspondió la labor de poblar la tierra.
Noé
Cuando ya el firmamento no era más que un enorme nubarrón de mal presagio, y el sol parecía que nunca más habría de salir, cuando el estruendo de los truenos y el violento soplar de los vientos sofocaba casi por completo el lamentoso canto de la gran familia musical, en las entrañas de la tierra, Noé escuchó una voz. Una voz grave, ceremoniosa, que decía ser la voz de Jehová.
La reacción inicial de Noé al darse cuenta de que sólo él había escuchado esa voz, fue la misma que la de todos los que una u otra vez hemos escuchado voces: se preguntó si en efecto se trataba de una voz, o era producto de su imaginación. Primero había que eliminar cualquier posibilidad de que no se tratara de un fenómeno acústico, causado por la lluvia y los vientos, los truenos y tempestades, más el doloroso canto de sus hermanos y primos, filtrados a través de los túneles, paredes y recovecos de la cueva. Pero Noé se convenció de que en efecto era una voz, una voz que pronunciaba palabras reales, que al unirse tenían un mensaje, un significado para él. Aceptada la existencia de la voz, se preguntó Noé, ¿que garantía tengo de que es la voz de Jehová, el Ser Supremo, el Creador? ¿Cómo sé que no es un espíritu maligno que intenta confundirme? Y como no tenía otra respuesta, que su deseo de creer, Noé creyó. Creyó, ante todo porque quería creer. Porque un sexto sentido le decía que al creer, al tomar la decisión consciente de sustituir la fe por su capacidad de razonar, su vida cambiaría para siempre, dejaría de ser un camino por abrirse, con una sorpresa en cada curva, para adoptar las características de un destino: la seguridad de tener un curso trazado de antemano.
La voz de Jehová le explicaba a Noé que la lluvia era un aguacero, una tormenta y mucho más: este fenómeno metereológico tenía toda una dimensión mística, sagrada. Era el Diluvio Universal, medida punitiva con la que El iba a limpiar la tierra. El agua, le dijo Jehová a Noé, igual que el fuego, son herramientas divinas que limpian a medida que destruyen. Jehová dijo que había optado por el agua porque no quería borrar de la faz de la Tierra a toda su creación — le había tomado mucho trabajo crearla y quedaban cosas que valía la pena preservar. Las maravillas naturales, vegetales, animales, incluso la humanidad, como concepto que le daba valor, uso, contexto a todas estas bellezas. Sólo había que hacer una buena limpieza, un desyerbaje para deshacerse de toda la escoria que estaba pudriendo su obra.
Jehová no le dijo a Noé que inicialmente había pensado en usar el fuego para destruirlo todo; tal había sido su ira, su decepción con el estado del mundo. Ni tampoco le dijo que en un arranque de ira, sin reflexionar había llegado al punto de de dividir los átomos mismos de la materia y que en aquel preciso instante, un nonasegundo antes de la destrucción total, había caído en cuenta que al arrasar la vida, se estaría destruyendo El mismo. Porque su enorme y absoluto poder, su reinado en calidad de Ser Supremo, subsistía en la medida de que existiera alguien y algo sobre quien ejercerlo — no únicamente la etérea y eterna nebulosa de la nada absoluta. Revelación que había llevado a Jehová a comprender que El estaba unido a su creación por los siglos de los siglos — extraña relación simbiótica como la que une al amo con el esclavo: el esclavo puede vivir sin su amo, pero éste no puede vivir sin aquél. Sin humanidad, Dios dejaba de ser Dios, mientras ,Jehová bien lo sabía, la humanidad podía vivir sin Dios — sólo tenía que dejar de creer. Al comprender entonces Jehová que tenía que vivir con su obra, por más imperfecciones que ésta pudiera tener, había decidido deshacerse de todos aquellos que cuestionaban, que al cuestionar menospreciaban, y al menospreciar denigraban, negándose a ver en la creación del universo la perfección misma. Jehová se refería específicamente a la nueva forma que habían adquirido los seres humanos: andrógenos y hermafroditas, irreventes seres que eran la unión de lo que él había dividido, aproximándose a Adán antes de la caída, imitando en semejanza al Creador y a la vez cuestionando la esencia pura de la vida. Seres que al estar dotados de un poderoso intelecto, enlodecían su obra con el cinismo y el constante interrogatorio: el simple,mordaz, incisivo y fatal ¿por qué? y las risas — maldito por qué, malditas risas — a las que no había alivio ni respuesta — las que ni siquiera El con su omnipotencia podía responder. Este cuestionamiento iba en contra de los principios, las normas, las pautas, el orden cósmico y celestial, y que, al nunca poderse responder, daba matices de imperfección a la misma creación. Cuestionamiento que era tan antiguo como la misma humanidad, siendo Adán, el primer hombre, el primero en hacer la pregunta que había por primera vez en la historia despertado la impaciencia divina. Aquella vez, Jehová había optado por la salomónica solución de amputarle a Adán su mitad femenina, crear otro hombre con esas partes, darle el nombre de mujer y bautizarla Eva. Pero los genes, las mutaciones, la casualidad evolutiva habían regresado el mundo a su punto de partida.
Ni estas ni muchas otras cosas se las dijo Jehová a Noé, porque los gobernantes nunca han sido completamente sinceros con sus súbditos, igual que los padres nunca se lo dicen todo a sus hijos, y se limitan por llamar verdad a un recuento parcial de los hechos. Jehová prefirió usar la psicología, elogiando a Noé, explicándole que lo había elegido por su firmeza moral, por su seriedad y su firme e incuestionable adherencia a todas las normas, pautas, reglas y principios que estaban por delinearse. Con gran despliegue de la ceremoniosidad que tanto le gustaba, Jehová le dijo a Noé que, acto seguido de la limpieza, sobre él y sus descendientes recaería la histórica responsabilidad de repoblar la Tierra. Aceptar la tarea, señaló Jehová, constituía una heroica contribución a la historia, digna de recordarse eternamente, puesto que en efecto estaba preservando la esencia misma de la creación divina. Algunos historiadores dicen que Jehová no tenía que haber sido tan profundo en su mensaje a Noé puesto que éste quería aceptar; en todo caso, Jehová respiró con gran alivio al ver que Noé aceptaba. La pregunta no deja de presentarse, ¿qué hubiera pasado si Noé no hubiera aceptado el llamado de Jehová? ¿Habría sido el Diluvio Universal un simple chapuzón? ¿Habría el Creador tenido que aprender a vivir con los andrógenos y hermafroditas, quienes al cabo de unas generaciones serían la raza humana predominante, viéndose obligado el Creador a convivir en calidad de amo de unos esclavos que lo cuestionaban y en cualquier momento podían dejar adorarlo, borrándolo de la faz de su propia creación? Pero nada de eso aconteció: por el contrario, Noé aceptó porque le seducía la idea de ser recordado eternamente por la historia — incluso el que, miles de años después, este autor escribiera sobre él.
La decisión de Noé, fue lo que definitamente quebró la democracia, el comunitarismo primitivo que existía en la Tierra. Hasta entonces, todos los seres humanos se consideraban hermanos, sin ningún tipo de jerarquía ni discriminación, iguales ente ellos, unidos por la danza, el canto, la media vuelta, cada cual contribuyendo a la medida de sus capacidades, consumiendo a la medida de sus necesidades, no había ni padres, ni madres, ni jefes, ni súbditos. Pero cuando Noé aceptó el ser el elegido entre todos los demás, aceptaba el que los demás no lo fueran, es decir, abría la posibilidad de que a los no elegidos se les tildara de inferiores, de lo cual se desprendía como válida y merecida cualquier cosa que les pudiera acontecer. Y Noé, que en su larga vida anterior, al igual que los otros había sido un hombre sencillo y sincero, libre de ínfulas y ambiciones, que bailaba, cantaba y daba la media vuelta con sus hermanos, al aceptar la responsabilidad que sobre el recaía, comenzó a hincharse de arrogancia: el gorrión que se convirtía en pavo real. Por primera vez un ser humano sentía la arrogancia del poder. La arrogancia de aquel que sabe cosas que los demás no saben: dotado de conocimientos que le permiten considerarse mejor, que le infieren el derecho de tomar decisiones que afectan la vida, el bienestar de muchos otros. Estaba mezclado el cemento que pegaba el edificio de las jerarquías; los elegidos versus los no elegidos; los de arriba versus los de abajo; estos últimos sosteniendo a los primeros, quienes los premian con su desprecio y sus deshechos.
Así, elogiado por ser él el elegido, consciente de su responsabilidad histórica, sin saber exactamente qué haría ni cómo lo haría, Noé, con el apoyo de sus tres hijos, comenzó a estudiar la manera de salvarse, para fundar la nueva estirpe, llevando un muestrario animal de la creación que Jehova quería preservar. El resto había que dejarlos perecer.
Inicialmente pensaron subirse al monte más alto y allí eregir una torre enorme, estructura que llegara más allá de las nubes, en donde se habían de trepar hasta que cesaran las aguas. Abandonaron la idea por dos razones: primero, desde un punto de vista práctico, las fuertes lluvias y feroces huracanes que soplaban de los cuatro costados, las 24 horas, impedían que tal estructura fuera levantada; por otro lado, a Jehová, con quien ellos consultaban constantemente, no le había entusiasmado mucho la idea de la torre. Veía un elemento iconoclástico, pagano, politeísta en este tipo de estructuras fálicas. Entonces optaron por construir una enorme embarcación.
Para ello, encontraron dentro de sí mismos una fuerza sobrehumana y enormes poderes organizativos que ni ellos mismos sabían que poseían. Lograron movilizar a la masa humana y animal, sus propios hermanos comunitarios, para la enorme tarea. Los pusieron a trabajar larguísimas horas en medio de la lluvia, pelando campos, tumbando árboles, podando troncos, produciendo madera, la que fueron lijando, midiendo, doblando, clavando, encajando. Los hermanos de Noé, seguían bailando, cantando, dando la media vuelta acompañando sus labores por el languido lamento de una raza entristecida por el mal clima.
Lo que los historiadores llaman el Arca de Noé ha sido la embarcación más grande que se ha visto sobre la faz de la Tierra — en su construcción participaron directa o indirectamente todos los seres que se encontraban entonces en nuestro planeta, con excepción de Caín. Lo hicieron sin saber de qué se trataba, motivados únicamente por las órdenes firmes e implacables de Noé, sus hijos, y un arcángel esgrimiendo un espadón de fuego. Sin parar un sólo instante, trabajaron ignorando que en realidad estaban cavando su propia tumba. No sabían lo que era una embarcación; mucho menos de que el ambicioso proyecto no era más que el Arca de Noe, que habría de salvar a sólo unos pocos del Diluvio Universal; ni que este Diluvio algún día llegaría a ser recordado por todas las religiones. Diluvio Universal que fue el primer holocausto, producto puro del capricho de Jehová que tenía como objetivo principal librarse de las pregunta y cuestionamientos de los andrógenos y hermafroditas, cuya semejanza con El nunca les perdonó.
Así, durante muchísimo más de 40 días y 40 noches, la humanidad trabajó sin descanso, de sol a sol, sin cesar, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo, pelando, tumbando, podando, produciendo madera, lijando, midiendo, doblando, clavando, bajo los cielos cerrados por una lluvia mil veces torrencial, siendo la única luz los rayos y relámpagos, al son de los truenos y el soplar de los ventarrones, y casi ahogado en el fondo, el lánguido y lamentoso cantar de una humanidad, que aun así, encontraba tiempo para cantar, bailar, dar la media vuelta.
¿Cuánto tiempo tardaron en construir esta embarcación? Jamás se sabrá: eran días prehistóricos en los que no se habían desarrollado ni los relojes ni la escritura. Pero un día terminaron el Arca: era un trasatlántico, pero más grande aún, un portaviones, y más grande aún, un estadio de futbol y todavía más grande … Gigantezca, imponente, majestuosa, respetable: consistía de tres enormes pisos, en los que habrían de colocar el muestrario animal que habían elegido entre Jehová, Noé y sus hijos para hacer la jornada de la prehistoria a la historia. Cada uno de los hijos de Noé, con la ayuda de su esposa, habría de ocuparse de un piso, como un pastor se ocupa de su rebaño.
Durante largas horas Noé, sus hijos y el Arcángel planificaron minuciosamente la jornada. Noé, como capitán del Arca, responsable de la preservación de algunas especies animales, y fundador de la historia, se había transformado, desempeñando su cargo con la firmeza de un elegido y la sangre fría de un ángel exterminador.
Fue guiando los reptiles hacia el piso inferior, colocando a los mamíferos en el del medio, y a las aves en el piso superior. Al ir colocando cada pareja animal, les fue asignado un puesto que, advirtió muy claramente, era inamovible: habían de quedarse allí hasta que terminara la jornada, y sería su clasificación ante la humanidad por el resto del tiempo. Miles de parejas compartían miles de pequeños cubículos, como un inmenso convento, un establo gigantesco; las celdillas de un panal de abejas. Allí, se esperaba que ellos se volcaran a las labores reproductivas: una intimidad promiscua, puesto que todas las parejas estaban haciendo exactamente lo mismo. El plan era que el tiempo que el Arca flotara, sus ocupantes se la pasarían haciendo el amor. Mamíferos, aves, reptiles, bestias del mar y de tierra firme, cada uno con su pareja, reproduciéndose sin parar, casi sin comer, casi sin descansar para hacer sus necesidades fisiológicas — porque Jehová y Noé esperaban que cuando bajaran las aguas tendría lugar un enorme parto. El Arca de Noé era una gigantesca matriz, de la cual, al terminar el diluvio saldría la segunda creación, una creación limpiada, filtrada, permitida y aprobada por Jehová.
En las entrañas del Arca, a raíz de la ubicación de cada pareja animal, se dio inicio a la práctica de que los de arriba ensucien alos de abajo; se estableció, por primera vez entre los seres humanos, el concepto de la cloaca, el alcantarilla, el desagüe; escalón más bajo de la estructura jerárquica, pero parte integral de la misma, al que se destinan todos los seres, las razas, las prácticas y creencias que se han catalogado de inferiores.
Según los planos de Noé, los de arriba, que estaban desempeñando exactamente la misma función que los de abajo, tenían más luz, respiraban mejor aire, disfrutaban de mayor movilidad — a pesar de todas las restricciones, tenían más libertad. Quizás en un intento más de calumniar a la serpiente, animal de sangre fría con quien Eva había tenido un triste y traicionero altercado, a los de abajo, los del último piso, se les llamó reptiles, que en el segundo idioma de la humanidad, significaba los que se arrastran, aquellos que viven más cerca de la tierra de la que todos venimos, nombre que tenía todo un bagage de connotaciones negativas. Al nombrar mamíferos a otros, Noé, sus hijos, el Arcángel y en última instancia Jehová, les infundían un aura de superioridad sobre las otras especies. Incluso dentro de los mismos mamíferos crearon subdivisiones: a unos los calificaron de limpios, a otros de sucios, dijeron que unos eran más inteligentes que otros, lo cual, una vez bajaran las aguas, justificaría el que usaran a unos como bestias de trabajo, y que a otros los criaran para alimentarse ellos mismos. A medida que iban entrando al Arca de Noé, la humanidad naciente estaba definiendo para siempre la división entre Caín y Abel, entre el sedentario y el nómada, el carnívoro y el vegetariano.
A medida que iban entrando en el Arca, igual que su puesto, a cada pareja animal les fue asignado un nombre, que era una existencia, una relación ante el mundo, un marco de referencia, un comportamiento específico, un conjunto de características definidas con las que que se habrían de identificar por el resto de los siglos. Arbitrariamente, fueron dictando los nombres, tal como en la actualidad los mayores se los enseñan a los niños, sin esperar cuestionamientos, sabiendo que al aceptar los nombres se van grabando las jerarquías — y en el proceso se fueron borrando para siempre los residuos de la democracia que se había establecido en el Jardín del Edén.
Así, las especies que hoy día conocemos fueron bautizadas con el agua de la destrucción, en medio de una ceremonia que vería desaparecer a muchas, naciendo unas en los mismos instantes que para otras muchas significaba el fin. El regreso a la nada.
Pero, todos los seres de la creación que habían volcado todas sus almas, sus esfuerzos plenos, todo su ser en la monumental empresa de construir el Arca de Noe, no sabían nada de esto, ni jamás habrían de saberlo. No lo sabían porque Noé, igual que los grandes líderes que lo han seguido, no les había dicho de qué se trataba — es más, si les hubiera dicho, no lo hubieran comprendido conceptualmente. Porque eran gente honesta, alegre, ingenua, inocente, que limitaban sus preocupaciones a sus alrededores, que se concentraban más bien en el baile, el canto, la media vuelta — y para ellos, el concepto de seres no elegidos, de un holocausto, de la destrucción de una estirpe era algo que no cabía en sus mentes. Miraban a sus alrededores sin alcanzar a ver que durante los mucho más de 40 días que había durado la construcción, la tierra firme había ido perdiendo la lucha contra el agua, elemento que para entonces predominaba en todo el planeta: no veían que lo que habían sido hermosos valles, estaban cubiertos de agua; que los majestuosos desiertos, estaban cubiertos de agua; las selvas tropicales, estaban cubiertas de agua; como lo estaban montañas y cordilleras, páramos y laderas, montes y praderas. El agua arrastraba consigo los residuos de la destrucción que iba causando, formando gigantescas olas de cientos de metros de alto, hambrientos remolinos de cientos de kilómetros de circunferencia, que arrastraban hacia el fondo de las aguas lo que había sido la Creación original. De aquella obra que sólo unas generaciones atrás Jehová había considerado la perfección, no quedaba sino agua: agua violenta, agua destructiva, agua vengativa, agua que borraba los rastros de tres reinos del planeta. Ya sólo quedaba un pedazo de superficie, un islote, en el que se habían congregado todos los seres que compartían la Tierra, (exceptuando a Caín que, condenado al peregrinaje eterno, veía en la posibilidad de ahogarse el descanso de su condena). En ese islote, que ya era muy pequeño para tantos seres, explotó el pánico.
Apeñuszcados en el terruño, se encontraban los humanos que vivían sus últimos momentos junto a la más diversa fauna jamás imaginada — animales de sangre fría y sangre caliente, de pelo y de pluma, de pata y de pezuña, de cuerno y caparazón, de trino y de rugido. Macabra y cacofónica disonancia, con el ensordecedor ruido de la tempestad, más el chiflido de vientos y huracanes, el estruendo de truenos y centellas, descargas eléctricas, las voces de mil bestias aterrorizadas, mil existencias desesperadas, mil especies sentenciadas, mil presencias condenadas, el aleteo de gigantescas aves prehistóricas imposibilitadas de emprender vuelo, más el gruñido de saurios de todos los tipos, el fuego que escupían dragones angustiados, y el clarín clamoroso de los mamuts, el estridente silbido de las serpientes marinas, el relinchar de pegasos y centauros, el mugido inconsolable de los minotauros, más los zumbidos de innumerables insectos, y los cantos, gritos, manotazos, zapateos y medias vueltas de todos los seres humanos, mellizos y siameses, hidrocéfalos y bicéfalos, cada uno por separado y todos al mismo tiempo, que sin comprender por qué estaban sentenciados a la nada.
Entendieron entonces, tanto animales como humanos, que su capacidad de sobrevivir en la Tierra en que por voluntad del Creador habían sido puestos, dependía en su habilidad de encontrar un puesto en el Arca de Noé. Y la muy limitada distancia que los separaba de las puertas del Arca, que con la ayuda del Arcángel esgrimiendo su sable de fuego, vigilaban Noé y sus tres hijos, se convirtió en tiera de nadie, una pista de obstáculos, un larguísmo terreno minado por el que pronto una estampida de seres corría en pos de su salvación: serpientes y escorpiones, langostas y mangostas, anémonas y madreperlas, mamíferos y marsupiales, rinocerontes y renacuajos, pájaros cantores y pájaros de caza, bestias de la montaña y bestias de los valles, aves nocturnas y aves diurnas, aves de buen agüero y aves de mal agüero, cocodrilos y tiburones, chacales y esturiones, mastines y mastodontes, pterodáctiles, el mamut y el tigre dientes de sable, gruñendo, ladrando, rugiendo, rebuznando, arañando, rascando, escupiendo, empujando, mordiendo, pisando, aleteando, jadeando, pujando, amenazando, en medio de la desesperación. Los peces saltaban, para chocarse con los saurios, que empujaban, los más grandes apachurraban a los más pequeños; los unos usando su tamaño como ventaja, los otros intentando valerse de su pequeñez para escabullirse, todos aplicando la recién establecida ley del sálvese quien pueda. Los humanos, perdiendo la diginidad imploraban, otros amenazaban, otros más trataban de argumentar, de convencer, de comprar un puesto, algunos más lloraban, con temor, con angustia, con ira, mientras que otros reían, febriles risotadas delirantes. Y entre el ruido de este infernal momento, sepultado bajo los truenos y los rayos, los silbidos y rugidos, ladridos y aullidos, los gemidos, mujidos, y el estruendo del silencio de los cantos que cesaban, escasamente se alcanzaba a escuchar una leve voz, que sin perder la compostura, manteniendo la dignidad del que sabe morir, preguntaba ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué crearnos para destruirnos? ¿Por qué los unos y no los otros? ¿Por qué nosotros? Era la voz de andrógenos y hermafroditas que con su tremenda inteligencia, su capacidad analítica e intelectual, habían comprendido que el Diluvio Universal este primer holocausto, buscaba extirparlos a ellos de la faz de la Tierra, por el único pecado de ser diferentes, independientes, de ser dotados con la doble naturaleza que los aproximaba al Creador del Mundo, Jehová que en aquellos momentos se regodeaba con el apocalíptico espectáculo de la destrucción masiva de su propia Creación. Andrógenos, hermafroditas, resignados a su destino, sabiendo que el flujo de la historia no se podía detener, aún así, pedían, imploraban, clamaban a la Creación misma que les explicara ¿por qué? Lo cual ni el Creador, ni Noé, ni nadie hizo, porque los poderosos no tienen que justificar nada a sus víctimas.
Apretados, apeñuscados, atropellados, casi destripados, agitados, angustiados unos alcanzaron las puertas del arca, que pronto se cerraron. Cerrándoles con ellas el paso a la historia, una segunda oportunidad sobre la tierra. Y se los tragaron las aguas, engullidos por un remolino en el que perecieron ahogados, borrados para siempre de la faz del planeta algunos de los seres más bellos, interesantes y complejos que jamás han caminado sobre la Tierra. Seres mitad animales y mitad humanos, seres con doble cabeza con cabeza insertada entre sus ojos, seres que combinaban en uno los tres reinos de la creación, seres cuya existencia hoy cuestionamos, pero cuyo recuerdo llevamos eternamente en un rincón muy alejado de nuestra conciencia … hermanos, antepasados, a quienes les están dedicadas estas líneas.

Julio 27th, 2009 at 1:43 pm
Que propuesta más entretenida y al mismo tiempo, capaz de llamar a la reflexión sobre los símbolos originales. El desarrollo de la narración logra evocar el mito, imprimiendo un giro que no deja de ser sorprendente, teniendo en cuenta las “nuevas cavilaciones” de estos héroes fundadores (muy modernas) y expresadas en entorno digital.
Disfruté mucho la lectura, muchas gracias por este aporte.
Equipo de Narratopedia.