Diana de Poitiers, ella era una pelirroja, que no ameritaba la pluma, bastaba con el lápiz. Cámara en mano, tomaba fotos a los antros teatrales, a sus calles adversas y aledañas. Su alma cansada quería dar a entender a partir de pequeños movimientos sutiles corporales el querer ser cortejada. Lo que nunca esperó fue cruzarse con el castellano, ese hombre pulcro que gustaba llamarse Petrushka y mucho menos con esa alma muerta de Chichikov. Ameritaba ser descrita una mujer ahí, la falsa erudición exigía y pedía no olvidar esos ojos azules, algo lagrimosos y enrojecidos por culpa de los efectos humeantes del Kif. La nariz de Chichikov daba la pauta dentro de la belleza, la pelirroja tenía un defecto, la nariz. Unas horas antes una mujer igual sino más bella que Diana, Chichikov había tenido la delicadeza de visitar. Él no podía sacarse de la mente esa primera nariz del día con infinitud de puntos negros, una pequeña presión y esos delegados blancos marchitaban, casi o igual a los cartuchos explosivos de una escopeta. Cada letra me atrofia el cerebro, no importa, sigamos adelante, estábamos en Diana. Yo Andrés el paisa, compañero de muchas otras noches de esta pequeña damisela y narrador que a última hora se incorpora al relato, estuvo en esa noche, y desde esa noche me mantengo al lado de ella para protegerla de bastardos malintencionados y morbosos como esos dos. Nunca quiso pensar en llegar a la cama del castellano y mucho menos a esa otra incómoda cama de Chichikov, sólo fue cuestión de miradas y orgasmos banales, contactos nulos. Y noche que llega a su fin. Y este gran salvador de última hora y de un recuerdo anestesiado fue el que la acompañó al bus.
Ahora que te veo
arranco las palabras
que ensimismadas una tras la otra
me recuerdan que son ajenos
aquellos besos que refulgentes en la noche
me acompañan en sueños.
Ahora que te he conocido
y que sin permiso te veo
robo tus imágenes
y tu sonrisa
Y cualquier gesto
que me recuerde que estás tan cerca…
Con todo y esto
tu nombre y los pocos momentos
que se nos cruzan en el camino
me los guardo en el bolsillo
con la certeza intacta
de que no estás…
Dentro de tres mil años, aproximadamente, Júpiter impactará con la tierra; razón por la que los humanos deberán marcharse a otro planeta. Y, ese planeta, se llama Osh.Aquí no hay vegetación ni animales. Los humanos, seremos los primeros en pisarla. Allí se edificarán las viviendas llamadas “Key”, dos grandes esferas de aluminio unidas por un extremo, cuya entrada es redonda y, por extraño que parezca, de poliuretano. La nasa está aún construyéndolas, se prevén unas doscientos por kilómetro.No habrá bibliotecas, por la sencilla razón de que la información ya no se recopilará en libros (se ha descubierto, tras una investigación que, en este planeta, el papel se desintegra, así como los árboles), sino en grandes pantallas de ordenador con diez jigas de memoria.Las escuelas y universidades, serán grandes edificios de hierro, sin ninguna ventana (con la finalidad de que los alumnos no se distraigan.No habrá policías. Pero, no se alarmen por esto pues, la gente, desde muy pequeños, estará educada para que cumpla con sus deberes, como ciudadano y, bajo ningún concepto, incumpla las normas.Por increíble que suene, el sol aún continuará por lo que, ya que no habrá electricidad, todo funcionará con paneles solares.
Acudimos los treinta y tres en procesión al Melimoyu.
Cargabamos, clavados al fondo de un baúl, los restos del maestro, dispuestos en un curioso ideograma piramidal. Su último deseo había sido ser llevado allí.
Ya dispuestos los preparativos, procedimos a formarnos. Entonamos al unísono la oración.
“…Ngechén está Conmigo. Wirakocha está conmigo”, concluímos.
Entonces oímos el llanto, y como si de un parto se tratara el Melimoyu se abrió como una matriz, revelandonos el acceso a una gruta subterranea, secreta, de la cual el Profeta; el Monarca, el Maestro de mi Maestro ascendió.
Alzó el brazo derecho. Y como un gran cirujano abrió de cuajo la explanada de Norte a Sur. Se reveló la carne roja del Territorio, sus entrañas quedaron al descubierto. La Meli Witxan Mapu sangraba, y nosotros retrocediamos conmovidos por la visión de sus visceras, tan vivas como las nuestras.
El maestro de mi Maestro alzó el brazo izquierdo.
Una a una las montañas de ambas Cordilleras comenzarona reventar. De los cráteres formados por la eclosión comenzaron a alzarse los Gigantes, desnutridos por su sueño de eones.
Llegaron con pasos de temblor al lugar en aguardavamos; y desesperadamente se valanzaron sobre el cadaver abierto de la Pacha Mama; saciando en aquel monstruoso festín el hambre famélica que acarreaban desde antes del sopor, debido a que su tamaño desprporcional nunca hallaba el alimento suficiente.
Cuando nuestro ejercito estubo ya repuesto, nos preparamos para el ataque.
Aterrizamos cerca del Faro porque estabamos atrasados. Los marcianos que nos abdujeron eran pura buena onda y nos sirvieron leche y galletas. Después nos abrimos paso a través de los vacíos estelares luchando contra demonios con cara de funcionario público hasta llegar al Gran Lago, por donde de vez en cuando merodeaba el Caleuche. A eso de las cuatro o cinco de la mañana (era difícil determinar la hora desde que la Luna se había estrellado con la Tierra) llegó el Buen López, al que todos respetabamos por su extraño apellido. Nos contaba historias del pasado, en donde según él había López y Pérez y González por doquier, y el Gran Lago junto a nosotros era un valle, y en ese valle había una ciudad que se llamaba Santiago, en donde sus habitantes se transportaban en máquinas de cuatro ruedas llamadas “micros”, en donde los funcionarios públicos velaban por el bienestar de los civiles y en donde el Faro era llamado Torre Entel, y servía para captar y enviar mensajes a través del aire. Nadie le hace mucho caso al Buen López, después de todo, ya estamos viejos para historias de ficción.
En la eternidad suspendida
que olvida las palabras y las hojas caídas
re-encontré la chispa de la madrugada
con sus vientos helados
y sus amantes durmientes;
la vela del barco de la luna se despliega
navegando sobre la bruma vacía
que susurra arañada por gatos
y fervientes borrachos con pasos hilarantes.
Al abrir las ventanas se ve
como el aire se hace fuego
en las camas contiguas
y como la combinación del placer
trae el brillo y el profundo suspiro.
Es una larga espera y ansiedad
el fulgor que sale de todos los muros
traspasando las nubes,
es un vuelo que llega a la estrella más lejana y recibe su respuesta,
es una noche “boyeur”
con sombras tras las cortinas
con ángeles escapados
y humanos recién nacidos,
donde soy yo quien dibuja los inspirados acordes,
yo soy quien mueve el cuerpo delante mío
/ al lado mío
hasta despertar en pleno, con las pupilas aún palpitantes
para seguir imaginando un sueño
y darle la imprecisa despedida a una larga noche que no quiso ser eterna.
Es EL COMISARIO. En algo debería haberlo colocado los políticos. Para ellos había trabajado entregando bultos de cemento, tejas de cartón, baratijas y algunos sancochos. Claro está, que ganaron. Pero ser COMISARIO no era la cosa de su interés. Siempre pensó que trabajar con la policía corrompe. Cualquier vicioso forastero llega a Villalobos y de inmediato encuentra la ruta de las ollas y entonces el COMISARIO se pregunta, por qué, la policía que lleva todo el tiempo en la plaza, no da con esa ruta.
Pensaba en ello mientras escudriñaba unas manos.
La izquierda mostraba una raja como la que resulta cuando se ataja un puñal que va en tiro rasgueado o en sesgo directo al corazón y aún saltaban a la vista los puntos rosados que dejó la aguja de suturar y el dedo gordo de esa mano dejaba ver un manchón morado, casi negro en la uña, cosa de una mala puntería con un tipo de martillo, pero, además, mostraba callosidades parecidas a las que se forman manejando el cabo de un azadón. La mano derecha indicaba iguales callosidades, pero al COMISARIO le sorprendió una rara callosidad en el dedo índice, justo en el lugar donde se apoya el gatillo. Raro esto, pensó al tiempo de escrutar el rostro. Era claro y limpio como el cielo de un verano. como el rostro de un campesino honrado. Indagó en algunos otros signos y no le quedaron dudas. Había sido un tirador honesto.
Como la llamada que es anunciada y nunca llega,
la zozobra de animal insomne en medio del invierno,
la palabra pensada /mil veces pensada/ y jamás dicha;
¿cuándo hubo algo más que la espera de la muerte?
Siempre son minutos y pasos,
citas y planes,
amores y soledad…
Siempre es algo más y la espera…
Por ello,
me doy un poco de aquella escarcha para el calor de la mente,
un tanto de humo y de cáncer para darle sabor al aire,
una pizca de reflejos para ver lo que mis ojos no son capaces,
y una larga ducha por los lados del monte.
Así se lleva la brisa lo que mi tiempo no consume,
lo que no gana,
llora o estalla.
Con un zapato marcando la espera/ inicia el cuadro/
y con una esquina de chicles y cigarrillos,
de celulares y “adióses”,
veo las prisas, el bostezo y el hambre…
¿qué será de mi sombra en la noche?
Solo pienso:
¿De dónde saldrá la paciencia?
¿De dónde vendrá aquella inútil costumbre,
aquel yugo disfrazado de virtud,
que en realidad es solo una falta de opciones?
El tiempo es lo que es,
pero prefiero cambiarme de huso,
dar vueltas mil veces al mundo
para recuperar mis segundos,
para verme y despertarme un poco antes.
No busco darle sentido a mi figura sentada al sol en esta tarde,
pero quiero un “por qué?” que me cuestione
la razón por la que espero;
Si es por amor quizá valga la pena,
si es por soledad quizá solo es desparche.
Cuerpo crepitante y tibio junto al suyo,
en danza sublime y rítmica se entrelazan
en perfecta comunión.
Ojos anhelantes devoran labios entreabiertos
a la espera del beso apasionado
preludio del amor,
que exalta los sentidos y transporta
hermosos cuerpos al incomparable paraíso del placer.
Centímetro a centímetro cuerpo amado recorres,
cual labriego sus prados y colinas,
recogiendo el fruto con amor sembrado.
Corazón desbocado bajo fuerte tórax, palpita,
mientras labios ardientes
recorren ser de tierno y bello cuerpo.
que al amor invita.
En el clímax de la gloria
dos cuerpos desfallecidos
descansan muy unidos.
Cuerpo reposa en pecho amado
mientras lágrima furtiva
escapa del mar inmenso a estos ojos
símbolo de entrega y puro amor
siendo atrapada por labios amorosos
de aquel que le ha amado
con toda su energía,
ternura, bondad y pasión.
A los seres humanos que aman con sincero amor…..
Hilda Romero







